El joven provinciano bajó del ómnibus en La

Victoria con el tambor atado a la espalda como

un hueso roto. No había dormido en tres días. En

su bolsillo, dos soles y una foto de su hermana

en el colegio de Huancayo, sonriendo con el

uniforme que nunca más volvería a usar. La

ciudad lo miró como si fuera un fantasma que se

equivocó de siglo.

En los barrios altos, los viejos criollos ya no

celebraban el Inti Raymi. Lo habían reemplazado

por fiestas de cumbia en los centros comerciales,

donde las mujeres de chompas de lana tejida por

sus abuelas eran vistas como “rurales” y no como

herederas. El sincretismo religioso ya no vivía

en las procesiones de la Virgen de la Candelaria

mezclada con Pachamama: ahora era un espectáculo

turístico en el Centro Histórico, con actores

vestidos de wankas y un sacerdote que cobraba

entradas.

El tambor no sonaba desde que su hermana

desapareció en el ’89. La guerrilla la llevó. La

policía la llamó “colaboradora”. La iglesia, la

enterró como “víctima del fanatismo”. Él no

lloró. Guardó el tambor. Y el silencio se volvió

su lengua.

En el basurero de Ate, donde los migrantes

construían casas con chapas de latas y oraciones

en quechua pegadas a los muros, encontró a la

mujer que tocaba el charango en las esquinas.

Ella no hablaba de política. Solo decía: “Tu

tambor tiene memoria de lluvia”. Le enseñó a

limpiarlo con hojas de coca y sal de la sierra.

Él no lo tocó. Pero lo llevó a cada protesta. A

cada entierro clandestino. A cada noche en que

los soldados llegaban con linternas y gritos de

“¡aquí no hay indios!”.

Una madrugada de 1992, en el cementerio de San

Pablo, los militares quemaron una capilla donde

los campesinos guardaban imágenes de la Virgen

de Copacabana con caras de apus. Él fue el único

que no huyó. Sujetó el tambor con ambas manos,

como si fuera su hermana. Y cuando el fuego

llegó a la puerta, lo golpeó —una sola vez—,

como se golpea el corazón de un muerto para que

sepa que lo recuerdan.

No hubo música. Solo el sonido de la caña rajada,

como un hueso que se rompe en el viento.

Al amanecer, nadie lo buscó. Pero en las calles,

los niños que antes se burlaban del tambor lo

imitaban con palos y latas. En los barrios altos,

las viejas comenzaron a colgar cintas de lana en

sus ventanas. Nadie dijo por qué.

Él se fue al norte, sin el tambor. Solo con las

manos vacías y el eco de un solo golpe.

La ciudad no lo olvidó. Porque ya no pudo

silenciar lo que no entendía.