En 1987, en las laderas de Huayllay, un hombre
sin nombre arrastra un cuerpo por la nieve hasta
una chácara abandonada. Su rostro está cubierto
de cicatrices, sus manos tiemblan al tocar un
collar de quipus quemados. Nadie lo reconoce,
pero los ancianos del pueblo callan al verlo. Es
el mismo que hace diez años incendió el cuartel
de Ayacucho y desapareció con tres camiones de
oro del ejército.
La maldición empezó cuando su primera víctima,
una niña que le dio agua, se volvió ceniza al
tocar su brazo. El pueblo sabe: quien recuerda
al caudillo pierde su alma. Las viejas dicen que
no es un hombre, sino el Tío Pachakutiq, el
espíritu que se alimenta de la memoria
traicionada.
Él busca su nombre en los archivos del
Ministerio de Defensa, pero los papeles están
quemados. En la biblioteca de Lima, una monja le
entrega un diario de cuero de vicuña: el hombre
que fue, llamado Juancho Poma, ordenó matar a su
propia madre por ser bruja. Esa noche, mientras
duerme, la pared de su cuarto se abre como una
entraña. Sale un hilo de sangre negra, se
enrosca en su pierna y lo arrastra hacia el
sótano.
En el fondo, encuentra su propio cuerpo muerto,
vestido con el uniforme de oficial del 76. A su
lado, un quipu nuevo, tejido con cabello de
mujer. Lo deshace. Cada nudo suelta un grito: su
hermana desaparecida, su hijo enterrado vivo en
una zanja de Huancavelica, su esposa que se
ahogó en el río porque él no volvió a buscarla.
Al amanecer, el pueblo entero lo espera en la
plaza. No lo matan. Lo besan en la frente. Le
dan un cuchillo de obsidiana. Él lo clava en su
pecho. No sangra. Solo se deshace en polvo de
piedra, y en su lugar queda un huayruro rojo,
aún caliente.
Los niños lo recogen. Lo llevan al mercado de
San Pedro. Lo venden como amuleto.
La maldición sigue. Solo quien lo toca y
recuerda algo de sí mismo, se convierte en polvo.
El caudillo no murió.
Se volvió leyenda.
Y la leyenda, en los Andes, nunca se olvida.


