En los barrios bajos de La Victoria, donde el
humo de los hornos de ladrillo se mezcla con el
olor a coca y a miedo, Tito Quispe desaparece
tres días antes del aniversario de la Masacre de
El Frontón. No fue detenido. No fue visto en la
estación de ómnibus. Nadie lo buscó. Solo su
hija, que lleva en la bolsa un pañuelo de lana
tejido con hilos de vicuña y una carta sellada
con cera de abeja.
Tito no era solo curandero. Era el último
guardián de los sueños que traían los migrantes
de Ayacucho, Puno, Huanuco. Cada noche, bajo el
puente de la Avenida Brasil, recibía los temores
de los nuevos limeños: los que no podían dormir
por el eco de las sirenas, los que veían a sus
padres muertos en los espejos, los que gritaban
en quechua sin saberlo. Él los curaba con hojas
de coca, humo de muña, y cantos que no estaban
en los libros del ministerio. Pero cuando el
Ministerio de Salud publicó el “Plan Nacional de
Sueños Sanos”, con máquinas que registraban
ondas cerebrales y cobraban 20 soles por sesión,
Tito se negó. Dijo que esas máquinas no
capturaban el miedo: lo robaban. Lo guardaban en
cajas de acero en el sótano del edificio de la
calle San Martín.
Dos días después, un camión de la Dirección de
Sanidad Mental se llevó su choza. No hubo orden
judicial. Nadie firmó. Solo el sello de la
Dirección General de Control de Enfermedades
Psicosociales, con el logo de un sol inca y una
cruz roja. El mismo sello que, en 1983, se usó
para desaparecer a los que cantaban en quechua
en las plazas.
La hija de Tito, Marisol, no fue a la policía.
Fue al Archivo Municipal de Lince, donde los
viejos guardan las leyes que nadie recuerda.
Allí encontró el decreto supremo N.º 1284, de
1979: “Quien altere, extraiga o comercialice los
sueños de los que provienen de los pueblos
andinos, será privado del derecho a dormir por
el resto de su vida”. Nadie lo aplicó. Nadie lo
leyó. Pero Marisol lo leyó en voz baja, sin que
nadie la escuchara.
Esa noche, todos los funcionarios del Ministerio
de Salud que firmaron el plan de sueños sanos se
levantaron a las 3:17 a.m. Sin cansancio. Sin
sueño. Se sentaron en sus sillas, con los ojos
abiertos, mirando el techo. Algunos lloraron sin
lágrimas. Otros gritaron sin voz. Uno se mordió
la lengua hasta sangrar, y nunca más pudo tragar.
Nadie supo por qué. Nadie lo investigó. El
ministerio cerró sus máquinas. Las cajas de
acero desaparecieron. El edificio fue sellado
con ladrillos de tierra y ramas de quinoa.
Marisol no volvió a ver a su padre. Pero cada
noche, al caer el sol, alguien deja un pañuelo
de lana en la puerta del ministerio. Y en la
calle, los migrantes dicen que si duermes bajo
el puente de la Avenida Brasil, aún escuchas el
canto de Tito. No en quechua. No en español. En
el silencio que viene antes del sueño.


