En 1987, Rosa, excomandante del MRTA que desertó
tras ver fusilar a su hermana en Ayacucho, cría
en silencio a una niña que encontró entre los
restos de un campamento abandonado en la sierra.
La niña no habla. Solo mira. Rosa la llama Yuyan,
que en quechua significa “la que guarda”. Viven
en un cuarto en Villa El Salvador, donde el agua
corre con salitre y los vecinos murmuran que
Yuyan trae mala suerte.
La casa tiene tres espejos: uno en el baño, otro
en la pared del comedor, el tercero en el techo
del corredor, heredado de una tía criolla que
murió en el ’78 con la cara partida por un
cristal. Rosa los tapa con trapos. Pero cada
noche, al apagar la lámpara, Yuyan se levanta.
Camina en descalzo. Se coloca frente al espejo
del baño. Y el reflejo no copia su cara. Muestra
a una mujer con el rostro de Rosa, pero con los
ojos de la guerrilla, sosteniendo un fusil.
En marzo del ’92, el espejo del baño se agrieta
por la mitad. Al día siguiente, el vecino que
denunció a Rosa por “albergar subversivos” cae
muerto de un infarto al cruzar la calle. Nadie
lo conecta. Pero Rosa sí.
El segundo espejo, el del comedor, se rompe
cuando Yuyan toca el cristal con el dedo índice
tras ver en la tele a Fujimori anunciar la
autogolpe. Esa noche, un excompañero de Rosa,
ahora militar de la DINCOTE, desaparece tras
salir de un bar en Miraflores. Su cuerpo aparece
tres días después, con los dedos cortados y un
pañuelo de lana quebrada en la boca.
Rosa entiende: los espejos no reflejan el pasado.
Lo reescriben. Cada vez que Yuyan ve algo que no
puede decir —una imagen de su madre siendo
arrastrada por soldados, el olor a quemado de su
pueblo—, el espejo lo vuelve real. Y alguien
muere.
La regla que nadie cuenta: cuando un espejo se
quiebra, no se repara. Se entierra. Con un hueso
de llamas. Rosa enterró el primero bajo el piso
de la cocina. El segundo, lo envolvió en un
chullo y lo lanzó al mar en Chorrillos.
El tercer espejo, el del techo, se agrieta el
día que Yuyan mira la foto de su propio
nacimiento —una imagen que Rosa guardaba en un
sobre, tomada en el hospital de Ayacucho, donde
la niña fue registrada como “hija de
desconocidos”.
Esa noche, Rosa no tapa el espejo. Se sienta
frente a él. Se quita la camisa. Muestra las
cicatrices de la tortura. Y le dice, sin voz,
con los ojos: “Yo también fui quien te abandonó”.
El espejo se deshace en polvo.
Al amanecer, Yuyan habla.
Dice: “Mamá”.
Y luego se acuesta.
No llora.
Ni vuelve a mirar los espejos.
Rosa sabe que el último reflejo fue el suyo.
Y que ahora, por primera vez, no hay nadie más
que morir.


