En 1987, Marisol regresa a Nauta tras veinte

años en Lima. Lleva un ataúd de madera delgada,

el cuerpo de su hermano muerto en un control

militar cerca de Iquitos. Nadie la mira bien: la

“roja de los montes” que dejó las armas, pero no

la culpa. La tierra bajo la casa de su madre ya

no crece yuyos. Las hojas de coca se secan al

tocar el suelo. Los perros de los vecinos ladran

hacia el río, como si vieran algo que no está.

El curandero de la plaza, que antes le vendía

raíces para el dolor de parto, ahora le cierra

la puerta. Dice que el río no acepta muertos sin

ofrenda. Que los espíritus de los caídos en la

guerra no van al otro lado, se quedan atorados

en las raíces de los árboles sagrados, y piden

carne viva para salir. Nadie lo dice en voz alta,

pero todos saben: los militares mataron a

cientos en esos bosques. Y ahora, la tierra paga

con hambre.

Marisol recuerda lo que le enseñó su abuela

antes de que la llevaran en el camión del

ejército: “Cuando la sangre de los tuyos no

tiene descanso, el Yacu se vuelve hambre”. No

era mito. Era regla. La tierra no olvida. El

ritual se rompió cuando los soldados quemaron el

templo de piedra junto al río Ucayali, y los

cantos se perdieron. Pero el río sigue

recordando.

En la noche del tercer día, el cuerpo de su

hermano desaparece del ataúd. Solo queda un

rastro de lodo con forma de manos. Marisol lo

sigue hasta la orilla. El agua brilla sin luna.

Las flores de yacu —esas amarillas que nadie ve

desde los años 70— florecen en la orilla,

pétalos como lengüetas de fuego. El río susurra

en quechua, sin boca: “Una vida por cada una que

se fue”.

No hay sacerdote, no hay oficiante. Solo ella. Y

el recuerdo de cómo su abuela, antes de morir,

le puso una piedra en la palma y le dijo:

“Cuando el río pide, no pides. Das”.

Marisol se quita la camisa. Se desliza al agua.

No grita. No llora. El río la toma por la

cintura. Las flores de yacu se cierran sobre

ella como pétalos de cuchilla. Al amanecer, el

ataúd vuelve a la orilla. Vacío. Pero en el

fondo, una flor amarilla, recién nacida, se abre

entre las raíces del árbol más viejo. Y en el

pueblo, los perros dejan de ladrar.

La tierra vuelve a brotar. La coca florece. El

río calla. Nadie habla de lo que vieron. Pero

las mujeres del barrio, al pasar por el árbol,

ponen un huevo de gallina negra en la raíz. Y

nunca más se pregunta por qué.