Yuyan sale de Surquillo con dos sacos de
chuchuhuasi y una foto desgastada del niño. En
el mercado de Santa Anita, ya no le compran. Los
jóvenes dicen que las hierbas son “cosa de
abuelas”. Ella no responde. Solo carga el peso
hasta el bus que va a Pucallpa, donde el
ejército cerró la carretera hace tres años.
En el puesto de control, el sargento le quita el
saco de raíces. “Esto es narcotráfico
disfrazado”, dice. Ella no llora. Él no sabe que
el chuchuhuasi que lleva es el único que crece
donde murió su marido, enterrado vivo en una
zanja tras la operación “Copa del Inca”.
En la selva, el río ya no es río. Se volvió lodo
negro que se mueve como piel viva. Las mujeres
de la comunidad Asháninka no la miran a los ojos.
Le dicen: “Tú no eres de aquí. Pero tu hijo sí”.
Yuyan camina tres días sin comer. En una roca
con forma de puma, encuentra una hoja de coca
con el nombre del niño escrito en kichwa: Wasiy.
No es escritura. Es crecimiento. La hoja nació
así.
Ella se arrodilla. Toca la tierra. Las raíces se
abren. No hay cadáveres. Hay cajas de plástico
con etiquetas de la DINCOTE. Dentro, hierbas
secas. La misma que ella vende. La misma que el
ejército cultiva para vender en Lima.
Al amanecer, lleva la hoja a la boca. No mastica.
La deja en la lengua.
La selva se calla.
El río se detiene.
Los militares no aparecen. Nadie viene a
buscarla.
En Lima, una semana después, en el mercado de
Magdalena, una mujer nueva vende chuchuhuasi.
Nadie pregunta de dónde viene. Solo compran.
Y cuando la noche cae, las hojas se mueven solas.
No por viento.
Por respiración.


