En los bajos de San Juan de Lurigancho, Rosa

recoge los últimos restos de su mochila de

guerrillera: un cráneo de niño con rayas de

cinnabar, robado en 1983 del sitio arqueológico

de Kuntur Wasi. Lo esconde tras la estufa, donde

el humo de la leña ahoga el olor a tierra vieja.

Ella no cree en espíritus, pero sí en lo que los

caciques hacen con los muertos.

El año es 1991. La hiperinflación devoró los

sueldos, y el gobierno de Fujimori anuncia que

votar es obligatorio —no por ley, sino por miedo.

Los militares reparten cajas de arroz con la

foto del candidato. En los barrios, los ancianos

de la sierra susurran que los huesos de los

antepasados ya no duermen. Que el cerro de San

Cristóbal, donde el ejército enterró a los

desaparecidos en 1987, está respirando.

Rosa regresa a Kuntur Wasi con un pico y dos

kilos de sal. No para excavar. Para enterrar. El

cráneo vuelve al hoyo que los arqueólogos del

Museo Nacional no pudieron tapar, porque la ley

prohíbe tocar los restos si hay militares cerca.

Ella rompe la regla. La tierra se cierra con un

chasquido como el de un hueso al partirse.

Esa noche, el candidato oficialista, un

exoficial de la policía que se hace llamar “El

Padre de la Patria Nueva”, se despierta con un

dolor en la mandíbula. Le sale un diente de

leche, blanco como el yeso, que no le pertenece.

En el noticiero, dice que los ancestros lo

bendijeron. En las plazas, mujeres le llevan

ollas de chicha morada con hojas de coca tejidas

en el fondo. Nadie se atreve a decir que el

diente huele a tierra de fosas comunes.

Una semana después, en el centro de Lima, el

cadáver de un niño de cinco años aparece en el

basurero de Villa El Salvador. Tiene el cráneo

intacto, pero la frente cubierta de rayas rojas.

El diario El Comercio lo llama “acto de brujería

indígena”. La policía no investiga. El gobierno

lo celebra como “un milagro de la identidad

nacional”.

Rosa camina hasta el colegio donde enseña a los

hijos de los migrantes. Les pide que dibujen lo

que más temen. Todos pintan un hombre con

dientes de hueso y una bandera que se come el

sol. Nadie ríe. Nadie pregunta.

Ella prende fuego a su viejo uniforme

guerrillero en el patio trasero. Las llamas no

queman la tela. Solo la inscripción en el pecho:

“Por la tierra y el pueblo”. Se desvanece como

si nunca hubiera estado.

El día de las elecciones, el candidato gana con

el 87% de los votos. En los barrios, las madres

cuelgan los votos en las puertas, como si fueran

amuletos. Nadie sabe que el cráneo de Kuntur

Wasi, al tocar la tierra, no invocó a los

ancestros. Lo que despertó fue el espíritu del

caudillo que masacró a su propia tribu en 1890,

y que ahora vive en la boca del político,

masticando votos como cacao tostado.

Rosa no huye. No grita. Sólo limpia la ceniza de

su ropa y se va a la estación de tren, con un

billete a Ayacucho. En el bolsillo, lleva un

hueso de llamas. No lo entierra. Lo guarda.

Porque sabe que el próximo candidato ya está

creciendo en otra tumba.