En 1987, bajo la lluvia ácida de la
hiperinflación, Elena, matriarca abnegada,
entierra a sus tres hijos en la fosa común del
cementerio de San Pablo. No llora. Canta una
tonada quebrada en quechua mientras cubre la
tierra con piedras de la quebrada de Rimac. El
ejército los tomó por “colaboradores del
Sendero”. Nadie los buscó. Nadie los recordó.
En 1993, el barrio de Villa El Salvador ya no
existe. Fue reemplazado por “Ciudad Nueva San
Martín”, un condominio de lujo con muros de
vidrio y jardines de plástico. Allí vive el
coronel que ordenó las desapariciones: ahora es
gerente de una cadena de supermercados, con
medalla de honor del régimen y una esposa limeña
de ojos claros. Su casa está construida sobre la
vieja ruta de los que iban a enterrar a los
desaparecidos.
Elena, con 72 años y un andar de raíces rotas,
camina cada mañana hasta la verja de alambre de
púas. Lleva una bolsa de tela con un puñado de
maíz morado, un pañuelo de lana teñido con
sangre de chonta, y una pala de mango de
eucalipto. No pide justicia. No grita. Cava.
Cada día, bajo la mirada de las cámaras de
seguridad, ella excava un hoyo en el jardín del
ex militar. Lo llena de tierra de su barrio. Lo
cubre con piedras. Vuelve al día siguiente.
La regla que nadie dice: “Quien cava en suelo de
la dictadura, pierde su documento”. Pero Elena
no tiene DNI. Lo quemó cuando su hijo mayor fue
llevado. Ella es un nombre borrado en los
registros. Por eso nadie la detiene.
En la noche del 28 de julio, día de la
Independencia, el coronel organiza una cena con
invitados del ejército y la prensa. Afuera, el
jardín tiene seis hoyos. En el séptimo, Elena ha
dejado una calavera de vicuña, envuelta en un
chal de lana que tejió su nuera. La calavera
lleva incrustado un diente de oro — el que le
arrancaron a su hija menor en el cuartel.
Al día siguiente, el coronel no aparece. Su
esposa dice que se fue de viaje. Pero en la
cámara de seguridad, se ve a Elena caminando con
la pala hacia la puerta principal. Detrás de
ella, el jardín está vacío. Solo queda la
calavera, medio enterrada, con una flor de
kantuta clavada entre los dientes.
Nadie la busca. Nadie la recuerda. Solo el
viento de la sierra trae el olor de la tierra
mojada donde antes fue su casa.
Desolador.


