En los años 90, Lima se ilumina con energía
robada: los caudillos de la costa compran horas
de vida andina a los colectivos de la sierra,
que venden el tiempo de sus hijos a las plantas
de generación clandestina de la Cordillera Negra.
El sol no se pone, se consume.
María, viuda de un minero que desapareció tras
entregar su turno en Huancavelica, trabaja
limpiando ventanas de los edificios de San
Isidro. Cada noche, mira las luces de Miraflores
y sabe que cada bombilla encendida es un segundo
de vida de su hombre.
Un día, encuentra en el bolsillo de su ropa
vieja un talón de pago de la empresa “Sol S.A.”:
nombre del vendedor, “Efraín Quispe”, fecha, el
día que desapareció. El número de lote: 001. El
primero.
Va a la planta. No hay oficinas, solo una
caverna bajo un templo inca reconvertido en
subestación. Los ingenieros usan chuspas de coca
para calibrar los relojes biológicos. La regla:
quien vende su tiempo, pierde su nombre. Nadie
lo recuerda. Nadie lo busca.
María se entrega. No para vender su tiempo, sino
para tomarlo. Se conecta al sistema con un cable
de cobre y un puñado de piedras de Salkantay. La
máquina se atasca. Las luces de Lima parpadean.
A la mañana siguiente, tres calles enteras están
en oscuridad. Los ricos gritan, los políticos
juran que es un ataque terrorista. En la Plaza
San Martín, una mujer con chal de lana y ojos de
salitre apaga el último farol de la avenida
Larco.
No grita. No llora. Solo pone una flor de
cantuta en el poste.
La ciudad no se apaga del todo. Pero ahora, cada
vez que una lámpara se quema, alguien en los
Andes respira un poco más.
Y en los barrios altos, los niños empiezan a
preguntar por qué el sol ya no sale tan temprano.


