En el barrio de San Juan de Lurigancho, doña
Lucía recorre los puestos de la calle San Martín
con el reloj dentro del pañuelo. No es un reloj
normal: es el que el coronel Cárdenas le regaló
a su abuelo tras la toma de Huancavelica en 1983,
cuando aún se creía que los aristócratas tenían
sangre más limpia que la de los campesinos. El
mecanismo no marca horas: marca días desde la
última desaparición reportada en los archivos
del Ejército. Cada amanecer, la manecilla avanza
un clic. Hoy, lleva 142.
Ella lo vende por dos soles y una cerveza. El
comprador no regatea. Es el mismo hombre que
llevaba el uniforme de cuero cuando se llevaron
a Mateo, su hermano, en plena Fiesta de la
Virgen de la Candelaria. Él no lo reconoce. Ella
sí. Su voz no sale, pero sus dedos se cierran
sobre el reloj un segundo más de lo necesario.
El oficial lo guarda en el bolsillo de la
chaqueta, donde aún huele a humo de cañón y a
chicha de jora.
Esa noche, Lucía entra al cementerio de La
Planicie. No llora. Cava con las uñas bajo la
losa de su madre, donde enterró el último
pañuelo de seda que le quedaba. Bajo la tierra,
encuentra el segundo reloj: el de su padre, que
también desapareció. Y también marca días. 143.
La regla no está escrita, pero todos en Lima la
saben: si un reloj de la aristocracia caída
llega a cero, el dueño desaparece. No hay acta,
no hay cuerpo. Solo un silencio que se llama
“cierre de expediente”. El Ejército nunca lo
confirmó. Pero en los barrios altos de
Miraflores, aún se dice que los relojes fueron
hechos por un orfebre quechua que puso en ellos
el alma de los que el Estado quería borrar.
Al amanecer, Lucía se sienta en la esquina de la
avenida Arequipa, frente al antiguo palacio de
los Salcedo. Ya no hay puertas. Solo una pared
con grafitis de un corazón partido y una fecha:
1992. El oficial vuelve. No trae dinero. Trae
una bolsa de plástico. Dentro, un par de zapatos
de charol, los mismos que usó Mateo el día que
se los llevaron. Los deja sobre el pavimento. No
dice nada. Se va.
Lucía no los toca. Saca el reloj del bolsillo.
La manecilla da su último clic.
En el cerro San Cristóbal, un niño quechua
recoge una caja de cartón con dos relojes. Los
mira. Los guarda. Y empieza a caminar hacia el
norte, donde aún se canta en quechua a las almas
que no fueron enterradas.
El último reloj ya no marca días.
Ahora marca cuántos quedan por encontrar.


