En el Barrio de la Esperanza, donde los postes

de luz parpadean como ojos cansados y los

carteles de “Crecimiento con Dignidad” se

desgajan sobre fachadas de chapa, Diego de ocho

años se arrastra por los basurales de Villa El

Salvador buscando botellas de vidrio que aún

guarden el eco del agua limpia. Su hermana, Lía,

tose sangre en el colchón roto del cuarto

trasero, y el médico del CESFAM le dijo que sin

el medicamento del hospital privado, no vería el

próximo sol de invierno.

Esa noche, en la esquina de la avenida Grau con

la calle de los Espejos Rotos, un hombre con

traje de paño de los años 80 le ofrece una bolsa

de polvo dorado: “Es tu sombra, niño. La vendes,

y te doy lo que necesitas”. Diego no entiende el

trato, pero sabe que su lengua, el quechua que

le cantaba su abuela antes de que la llevaran en

una camioneta militar en ’86, ya no sirve para

nada. Lo vende.

Al día siguiente, Lía respira como si el aire

fuera un regalo. Pero en Lima, los amaneceres se

vuelven grises. No hay luz natural. Las

pantallas de los televidentes se encienden solas,

mostrando rostros de niños desaparecidos en los

años de la guerra. Nadie habla de eso. El

gobierno dice que es contaminación atmosférica.

Los vecinos, en cambio, callan más.

Diego empieza a ver sombras que no son suyas:

una mujer que canta en quechua en el metro, un

viejo que teje redes con hilos de luz en la

Plaza San Martín. Nadie más las ve. Él sí. Y

cada vez que una sombra lo mira, su lengua se le

vuelve más pesada, como si la ciudad le

estuviera quitando palabras que nunca debió

perder.

En el mercado de Surquillo, un vendedor de

chicha morada le dice: “La sombra no se vende.

Se entrega. Y cuando la entrega es de un niño

que hablaba con los espíritus del cerro, el sol

se vuelve un recuerdo de los ricos”. Diego

entiende: el hombre de la bolsa no era

traficante. Era un funcionario del Ministerio de

Energía, encargado de reemplazar la luz natural

por la artificial, para que los pobres no vieran

lo que el sol revelaba: las fosas comunes en las

laderas de Huarochirí, las tierras robadas por

los terratenientes que ahora son ministros.

Cuando el último amanecer se apaga, Diego sube

al cerro de San Cristóbal con una piedra de

obsidiana que le dio su abuela. No habla. Solo

pone la piedra en el suelo, y con la palma de la

mano, toca la tierra.

Al amanecer siguiente, el sol nace. No como

antes. Se abre como una herida, rojo y lento, y

en cada rayo se ven caras: las de los

desaparecidos, los que murieron en los

campamentos de desplazados, los niños que fueron

llevados a Lima y olvidaron su nombre. La luz no

es blanca. Es quechua.

Lía deja de toser. La medicina ya no importa.

En el barrio, las pantallas se apagan. Nadie

grita. Todos miran el cielo.

Diego no recuerda su lengua. Pero su cuerpo la

canta.