En el barrio de Villa El Salvador, donde los
techos de chapa se doblan bajo el peso del
hambre y las madres lavan ropa en pozos de aguas
negras, Juan Chumpi, curandero tradicional,
sigue encendiendo inciensos de hierbas del Cusco
en su patio de tierra. Nadie lo busca ya —los
médicos del MINSA dicen que es brujería— pero
las mujeres de los asentamientos lo llaman
cuando los hijos no duermen, cuando el dolor de
parto se vuelve silencio, cuando el miedo se
mete en los huesos como hongo. Él no cobra. Solo
pide que le traigan una hoja de coca, un huevo
de gallina criolla, y que callen.
En 1989, el régimen militar decreta el “Cierre
de Fuentes Naturales”. Ríos, manantiales, pozos
artesanales son sellados por la Guardia Civil.
El agua llega solo por camiones militares,
distribuida en latas de leche condensada con
números grabados. Quien beba de otro lado, muere
de sed o de balas. La ciudad se seca. La gente
llora sin lágrimas. Los niños ya no gritan. El
aire huele a salitre y a miedo.
Juan no se mueve. Sus raíces, enterradas bajo la
tierra de su patio, empiezan a moverse. No por
magia. Porque la tierra de Lima, envenenada por
décadas de despojo, por la sangre de los que
cayeron en los valles del Sur, por los que
fueron llevados en camiones a las minas, ya no
aguanta más. El curandero lo sabe. Él no es un
brujo. Es el último que recuerda que el agua no
es propiedad. Es memoria.
Una noche, sin decir palabra, Juan cava hasta la
capa freática con sus manos desnudas. Rompe el
conducto de concreto que el ejército instaló
para canalizar el agua hacia los cuarteles. El
líquido brota, negro y espeso, llenando las
calles como sangre. No es agua limpia. Es el río
que la ciudad enterró hace cien años. Llega con
olor a tierra mojada, a hojas de quinoa quemadas,
a gritos de ancianos que nunca fueron escuchados.
Los soldados llegan con fusiles. No disparan. Se
quedan mirando. Algunos lloran. Otros se
arrodillan. Porque el agua no solo cura.
Recuerda. Y lo que recuerda, duele.
Al amanecer, el barrio está empapado. Las
mujeres lavan la ropa en el lodo. Los niños
beben sin miedo. Los militares se van, sin orden.
La ciudad no se reconstruye. Se recuerda.
Juan se sienta en su umbral. Ya no tiene raíces.
Ni manos. Ni voz. Solo el eco de un canto que
nadie más sabe.
La tierra respira.
La ciudad no se salva.
Se despierta.


