En el 87, en un sótano de San Juan de Lurigancho,

el burócrata corrupto recibe el nuevo lote de

actas de nacimiento con sello de la Dirección de

Registro Civil: cien documentos sin nombre, solo

códigos de huella dactilar. Cada uno vale tres

soles en el mercado negro, pero él los guarda

como reliquias. Su hijo desapareció en ’83, tras

el asalto al colegio de Huancayo. Nadie lo buscó.

Él no lo denunció. Firmó el parte de “fallecido

por accidente” con su propio sello.

La máquina del estado cambió: ya no desaparece a

los desaparecidos. Los registra. Los vende. Los

vende como hijos de otros. Un campesino de

Ayacucho paga cincuenta soles para que su hija,

secuestrada por los militares, aparezca como

nacida en Lima. El burócrata firma con la misma

pluma con que firmó la muerte de su hijo.

Una noche, en la oficina vacía, revisa el último

lote. Una huella lo detiene. La misma que él

registró en el certificado de nacimiento de su

hijo —la que él mismo copió de la tarjeta de

identidad de su esposa, muerta en el exilio. El

niño no murió. Fue inscrito como hijo de una

pareja de comerciantes de Surquillo. El registro

tiene fecha: tres días después de su

desaparición.

No llama a nadie. No grita. Toma el documento,

lo mete en el bolsillo del chaleco, y camina

hasta el río Rímac. Se detiene en el puente de

la avenida 28 de Julio. La luna ilumina el agua

con el reflejo de los carteles de la

municipalidad: “Paz y orden en el Perú”. Tira el

papel. Lo ve hundirse. No lo recupera.

Al día siguiente, firma otro lote. Cien

certificados nuevos. En el primero, escribe:

“Nombre: José Antonio”. Luego, con la misma

caligrafía de siempre, agrega: “Padre:

Desconocido”. La máquina sigue. Él ya no la usa.

La alimenta.

La ciudad sigue creciendo. Los hijos siguen

naciendo. Pero ahora, en cada acta falsa,

alguien escribe el nombre que el estado ya borró.

Y alguien lo firma. Con la pluma que no se lava.