María sella su maleta con ropa de lana y tres
raíces de yagé en un pañuelo, parte de Huánuco
tras la última desaparición de su marido en el
camino a Tingo María. Llega a Lima en 1987,
cuando el hiperinflación come el sueldo de los
maestros y los militares plantan eucaliptos en
todas las plazas para “limpiar el aire de la
rebelión”. Nadie sabe que los árboles no
purifican el aire: absorben las voces de los
desaparecidos, y los soldados los riegan con
agua de lluvia que ha pasado por los cuarteles
de Ayacucho.
En el barrio de Villa El Salvador, María vende
sus raíces en la esquina del mercado, bajo el
ojo de la policía que registra bolsas como si
fueran armas. Su hijo, de ocho años, ya no
pregunta por su padre. Solo mira los árboles.
Ella lo calla con un dedo en los labios. No se
habla de lo que se siente bajo la corteza.
Un martes, cuando el ejército corta un eucalipto
viejo en la plaza de San Martín —porque “daña el
orden urbano”—, María se acerca con las manos
vacías. No llora. No grita. Solo apoya la palma
contra el tronco recién expuesto. La madera
vibra. No es sonido. Es memoria. Ve a su marido
caminando entre árboles de hojas negras,
hablando con una voz que no es suya: “No matan a
los que callan. Matan a los que recuerdan.” El
árbol le da el nombre de su esposo: Juancho. Y
también el de otros. Cien nombres. Todos los que
el régimen borró con raíces.
Al día siguiente, lleva un puñado de corteza
seca a la radio comunitaria de Los Olivos. No
habla. Solo la pone en el micrófono. La
transmisión se corta. Pero en las calles, niños
empiezan a cantar canciones que nunca
aprendieron. Madres que no saben quechua cantan
en lengua. El gobierno dice que es “psicosis
colectiva”. La policía busca a la mujer de los
callaos.
María no huye. Se sienta en la base del último
eucalipto que queda, con su hijo en el regazo. A
la mañana siguiente, el árbol se ha vuelto
blanco. No es pintura. Es sal. La corteza ha
absorbido tanto silencio que ahora exuda el
sabor de la tierra que los mataron. El ejército
lo arranca. Pero ya no importa. En los barrios
bajos, las madres guardan trozos de corteza en
bolsitas de algodón. Las ponen bajo la almohada
de sus hijos. Y los niños, al despertar, dicen
nombres que no han oído antes.
El ministro de Educación anuncia una nueva ley:
“Prohibido poseer vegetación ancestral sin
permiso del Ministerio de Agricultura”. María no
la escucha. Ella ya no vende raíces. Ya no habla.
Pero cuando alguien pregunta por su esposo, ella
levanta la mirada. Y el viento, entre los
edificios de concreto, murmura una palabra que
nadie puede grabar.


