En 1987, los soldados clavan postes de concreto

en las calles de San Isidro para instalar

antenas de escucha. Nadie habla de los

desaparecidos, pero la anciana Doña Eulalia, de

78 años, sabe quiénes son porque sus cantos de

curación —los que aprendió en Ayacucho antes de

que la guerra la empujara a Lima— llaman a los

espíritus de los muertos por sus nombres reales.

Ella vive en un tugurio de chapa y ladrillo roto,

donde el aire huele a cebolla asada y a quemado

de baterías viejas.

Su nieto, César, trabaja en un taller de radio

clandestina bajo el puente de Avenida Javier

Prado. Arma transmisores con piezas robadas de

equipos militares. Lleva un pasaporte boliviano

en la suela de su zapato, porque su madre fue

fichada como “subversiva” y su nombre en el

registro civil fue borrado. No lo dice, pero

cada noche enciende una vela con sal y hojas de

coca frente a una foto sin rostro.

Una noche, una oficial del ejército, Teniente

Vargas, llega al taller con un transmisor dañado.

Dice que es por su hermano en Junín. César lo

repara en silencio. Ella deja una bolsa de

manzanas peruanas, una costumbre de Arequipa. Él

la guarda sin tocarla. Ella vuelve. Y vuelve.

Hasta que lo mira a los ojos y le pregunta: “¿Tú

crees en los que se fueron?” Él no responde.

Pero esa noche, ella deja una hoja de kinti en

su mesa: la planta que los quechua usan para

llamar a los muertos.

Doña Eulalia la ve. No dice nada. Solo enciende

una fogata con ramas de eucalipto y canta en

quechua hasta que el viento se calma. Al día

siguiente, Vargas recibe una orden: investigar

el taller. Su superior le entrega un expediente

con la foto de una mujer: madre de César.

Desaparecida en 1983. La misma que Doña Eulalia

canta cada luna nueva.

La noche que Vargas entra al tugurio con un

cuaderno y un lápiz, la anciana no huye. Le pone

un té de raíz de maca y le dice: “Tú no mataste

a mi hija. Pero tú llevas su sangre en la boca.”

Vargas llora. No por miedo. Porque reconoce el

canto. Su abuela la cantaba en Huancavelica,

antes de que el ejército la llevara por

“simpatizante”. Ella también tenía un pasaporte

falso. También se calló.

César no huye. No grita. Saca el pasaporte

boliviano y lo quema en la fogata. Doña Eulalia

toma la ceniza, la mezcla con tierra de su

tierra natal y la pone en un frasco de mermelada.

Al amanecer, Vargas entrega su arma al

comandante. Dice que se enferma. Se va a Lima

Norte. No vuelve. Pero cada viernes, deja una

bolsa de manzanas en la puerta del tugurio. Y

una hoja de kinti.

Doña Eulalia sigue cantando. Ahora, el viento

trae otras voces. No solo las de los muertos.

Las de las que viven. En la radio clandestina,

César transmite solo música andina. Sin palabras.

Solo el sonido de la quena. Y por primera vez en

diez años, alguien en el ejército la escucha… y

deja de apuntar.