En el barrio de Barranco, donde el olor a sal y
pescado se mezcla con incienso de quinua, la
artista bohemia Lucía Mendoza pintaba murales
que nunca terminaban. Su arte era una protesta
silenciosa contra el turismo que devoraba el
alma del barrio. Pero una noche, mientras
buscaba inspiración en las ruinas de un convento
abandonado, encontró un espejo roto que
reflejaba no su cara, sino un ritual: tres
mujeres vestidas de blanco, sus manos sobre una
figura inmóvil, susurrando palabras en quechua y
castellano al mismo tiempo.
El espejo no fue encontrado por casualidad. El
ritual era real, y el grupo que lo practicaba —
Los Espejos— existía desde antes de la guerra
civil. Su líder, una mujer llamada Yana, tenía
ojos como el hielo y una voz que sonaba como el
viento en los Andes. Ella le dijo a Lucía que su
sangre era clave para un sacrificio ritual que
mantenía el equilibrio entre lo sagrado y lo
profano.
Lucía rechazó la oferta, pero los Espejos no se
detuvieron. Un día, mientras caminaba hacia su
taller, vio a una de sus amigas, Elena, atada a
una columna en el centro de un edificio
abandonado. Sus ojos estaban vacíos, como si
hubieran sido arrancados por un cuchillo
invisible. La secta había reclutado a Elena bajo
la promesa de purificación, pero el ritual no la
salvó. Solo la dejó como un cuerpo sin memoria.
La presión crecía. Los Espejos habían comenzado
a aparecer en cada obra de Lucía, en cada lienzo,
en cada sombra. Su arte ya no era suyo; era un
mensajero. Yana le dio una opción: participar en
el ritual o perder a alguien más. El lugar
elegido sería el Templo de la Virgen de la
Candelaria, un santuario antiguo que los Espejos
consideraban el puente entre mundos.
El día del ritual, el cielo se cubrió de nubes
negras. En el templo, Lucía vio a Yana junto a
otras mujeres, todas con el pelo recogido en
trenzas rituales. En el centro, una figura
envuelta en una tela blanca esperaba. Era ella
misma, pero más joven, con ojos llenos de luz.
La ceremonia consistía en ofrecer una parte de
sí para mantener el equilibrio del mundo.
Lucía no dudó. Tomó el cuchillo de piedra que le
entregaron y cortó su muñeca izquierda. La
sangre cayó sobre el altar, y el espejo roto se
iluminó. La figura envuelta en tela se levantó,
sonrió y desapareció. El templo se llenó de luz
y sombras, y cuando todo terminó, Lucía se
encontró sola, con un nuevo espejo en la mano.
Este no reflejaba nada. Solo un vacío.
Era el final. No había más rituales, ni más
sacrificios. Solo un arte que seguía siendo suyo.


