El hombre desciende del ómnibus en Chinchaycocha

con el nombre grabado en la chaqueta pero sin

memoria de quién lo puso. Los niños lo miran

como si fuera un espíritu que volvió sin permiso.

En el mercado, una anciana le escupe en los pies

y murmura: “El Sapa no vuelve sin pagar”. Nadie

lo toca. Nadie lo acoge.

La tierra que él cultivó en la infancia ahora es

un yacimiento minero. La empresa que arrasó los

huertos levantó una cerca de alambre de púas con

letreros en quechua: “No se permite el paso de

los que olvidan su nombre”. Él intenta cruzar.

La cerca chispea. Le quema la palma. No es

electricidad: es la tierra que lo rechaza.

Recuerda un ritual: el agua de lluvia en una

vasija de barro, el canto de los wankas, la

sangre de una llama sobre la piedra sagrada. No

recuerda quién lo hizo. Solo que lo hizo.

En la iglesia abandonada, encuentra su propio

nombre escrito en la pared con tinta de chilca:

“Hombres de la tierra no olvidan. Si olvidan, la

tierra los devora”. Un cura muerto en 1983 lo

escribió antes de que lo mataran por denunciar

la minería.

La noche del equinoccio, los antiguos caminos se

iluminan con lucecitas azules — no luciérnagas,

sino almas de los que murieron por el agua

robada. Él camina hacia el río seco. Donde antes

fluía el Vilcanota, ahora hay un pozo de

mercurio.

Tira su chaqueta. Se desviste. Se baja a la

tierra como un niño. La tierra lo abraza. No lo

mata. Lo recuerda.

Al amanecer, su cuerpo ya no es el mismo. Sus

ojos son de obsidiana. Su piel huele a lluvia de

montaña. Los mineros lo ven desde la cerca.

Nadie se atreve a acercarse.

En el pueblo, los viejos encienden velas de cera

de abeja y cantan en quechua: “El Sapa volvió.

Ahora es parte del suelo”.

Él no habla. No recuerda. Pero cada vez que

alguien planta una papa en su antiguo terreno,

la planta crece con raíces de hueso.

La tierra no perdona. Pero sí recuerda.

Y él, ahora, es su memoria.