En 1987, en el distrito de Yurimaguas, el

burócrata corrupto Javier Vargas reparte sacos

de arroz con sellos falsos, mientras las lluvias

se vuelven erráticas y los ríos se secan como

venas abiertas. Nadie pregunta por qué el INIA

no envía semillas, porque él firmó los papeles,

y los papeles son lo único que mantiene vivo el

gobierno en la selva.

Hace diez años, en un campamento militar cerca

de la desembocadura del Río Huallaga, Vargas

ordenó quemar una comunidad que resistía el

desalojo. Los ancianos cantaron el Yacumama

hasta que el fuego los tragó. Uno de ellos, el

último guardián del ritual de la lluvia, le

susurró antes de morir: “Cuando el cielo no

llora, tú serás el que se ahoga en ella”.

No lo creyó. Hasta que, en el verano del ’92,

las nubes se detuvieron sobre toda la Amazonía.

Los cultivos se volvieron polvo. Los niños

nacían sin lágrimas. El Ministerio cerró las

oficinas. Vargas fue el único que siguió

firmando actas: “No hay sequía. Hay mal manejo”.

Pero en la noche del solsticio, un niño de la

comunidad desplazada —ahora un hombre con ojos

de jaguar y la piel marcada por tatuajes de

serpiente— lo encontró en el depósito de arroz

vacío. Le puso en las manos un frasco de barro

con agua negra. “El espíritu quiere su deuda”,

dijo. No hubo más. Solo el olor a tierra quemada

y raíces podridas.

Vargas se negó. Hasta que vio a su hija, de ocho

años, levitar tres centímetros del suelo

mientras dormía, sin respirar. El médico dijo

que era nerviosismo. El curandero del barrio, un

mestizo que hablaba en quechua con acento de

Loreto, le mostró las grietas en las paredes de

su casa: cada una era una gota de lluvia que no

cayó. La deuda de sangre no se paga con dinero.

Se paga con el cuerpo que la causó.

La regla que nadie dijo: nadie que haya

derramado sangre en la selva puede volver a

beber agua limpia. La segunda: la lluvia solo

vuelve si quien la robó la devuelve como ofrenda

viva.

Vargas se metió al río en la noche, desnudo, con

el frasco de agua negra en la boca. No gritó. No

rezó. Solo caminó hasta el centro del cauce,

donde el agua ya no fluía, y se abrió el pecho

con un cuchillo de obsidiana que el niño le dejó.

Cuando el sol salió, la lluvia cayó. No como

tormenta. Como un suspiro largo, lento, que mojó

los techos de chapa, los campos de yuca, los

ojos de los niños.

Al día siguiente, el Ministerio recibió un

informe: “Desapareció en cumplimiento de

funciones”.

En la oficina, su escritorio tenía solo dos

cosas: un frasco vacío y un recibo de arroz,

sellado con una firma que no era la suya.

La lluvia no paró en tres meses.

Y nadie volvió a ver a Javier Vargas.

Pero en los mercados de Iquitos, dicen que,

cuando llueve fuerte, se oye un grito en quechua:

“¡Pachamama, ya pagué!” —y luego, el agua se

vuelve dulce.