Doña Elvira de los Ángeles vive en el sótano de
su casa en Barranco, rodeada de espejos
empañados que reflejan figuras que no están.
Heredó la propiedad tras la muerte de su tía, la
última heredera de los ÁngelesMiranda, una
familia que construyó fortunas con tierras
expropiadas a los wankas en 1873. La casa no se
vende, no se alquila: los espejos engullen los
días. Cada vez que alguien duerme en ella,
pierde veinticuatro horas de su vida — y el
Estado, con su nueva ley de “reconstrucción
patrimonial”, le exige pagar 87 mil soles en
impuestos atrasados, cifra que crece un 12%
diario por “desuso histórico”.
La profecía ancestral no está escrita, se siente:
cuando el solsticio de invierno toque el piso de
mármol del salón principal, los espejos pedirán
un sacrificio. No dinero. No oración. Una gota
de sangre criolla, pura, de la última
descendiente. Elvira lo sabe porque su abuela,
en silencio, le enseñó a cepillar los cristales
con sal de Maras y hojas de coca, sin decir una
palabra. Las vecinas la llaman loca. El notario
le envía avisos en papel carbón, con membrete
del Ministerio de Cultura. Nadie cree en los
wankas, pero todos temen a los espejos.
El día antes del solsticio, el alcalde envía a
la policía municipal para sellar la casa por
“riesgo patrimonial”. Los agentes rompen un
espejo. En el suelo, aparece una camisa de
algodón de 1912, manchada de sangre seca — la de
un wanka que intentó quemar la casa en 1891.
Elvira no llora. Saca de su bolso el último
reloj de bolsillo de su padre, hecho en Suiza,
con la inscripción “Por la Patria”. Lo pone
sobre el piso. El espejo del fondo se despeja.
Refleja a su tía, vistiendo el vestido de novia
que usó el día que el ejército incendió la
comunidad de Huancabamba. La tía levanta la mano.
No habla. Solo apunta al reloj.
Elvira lo rompe contra el suelo. El cristal se
quiebra en mil pedazos. El reloj se derrite como
cera. En el aire, un olor a tierra mojada y humo
de leña. Los espejos se oscurecen. El impuesto
desaparece de la cuenta del Ministerio. La
policía se va, confundida. Nadie recuerda haber
venido.
Al amanecer, Elvira camina hasta el río Rímac.
Lleva un pañuelo con el escudo familiar cosido.
Lo lanza al agua. No hay gritos. No hay milagros.
Solo el eco de un canto que nadie canta desde
1983. En su bolsillo, un pequeño espejo roto. En
su reflejo, no ve su cara. Ve a una mujer que
lleva un poncho de lana y no dice su nombre. La
mujer sonríe. Y desaparece.


