En los barrios altos de Lima, el aire ya no

entra limpio. Los pulmones de los migrantes que

llegaron de Ayacucho y Puno se pudren como hojas

de coca en el suelo húmedo. Nadie sabe por qué,

pero los niños nacen con la garganta sellada por

una capa gris que nadie puede raspar. El

gobierno lo llama “la niebla del olvido”, pero

las viejas del valle saben: el aire se ha vuelto

traicionero.

Doña Micaela, curandera tradicional de

Huancavelica, fue capturada en plena fiesta de

Qoyllur Rit’i cuando intentó enterrar un amuleto

de llamas en el parque de la avenida 28 de Julio.

No por brujería. Porque el aire ya no respira

sin permiso. Los militares la llevaron en camión

a un laboratorio bajo la Universidad San Marcos,

donde los científicos, con guantes de goma y

máscaras de carbón, la obligaron a tocar un

cilindro de metal frío. Ese cilindro era el

último respiradero de la tierra, extraído de una

cueva sagrada en el Vilcanota, donde los apus ya

no responden.

La regla que nadie dijo: si una curandera no

canta al aire en la luna nueva, el viento se

vuelve veneno. Y si la canta, el aire se lleva

su voz para siempre. Micaela lo sabía. Lo sabían

las otras que desaparecieron. Pero ella no tenía

hijos. Solo la memoria de su madre, que murió de

tos seca en un tren hacia Lima, con los ojos

abiertos y la boca llena de polvo.

El día del solsticio, la llevaron al techo del

edificio. Le pusieron un tambor de piel de

vizcacha, un collar de dientes de cóndor, y una

camisa teñida con la sangre de tres soldados

caídos en el interior. Le ordenaron cantar. Ella

no cantó. En vez de eso, tomó el tambor y lo

estrelló contra el suelo de concreto. La tierra

tembló. Una grieta abierta en el asfalto exhaló

aire negro como hollín de la época colonial,

pero con el olor a coca quemada y a llanto de

anciana.

El aire no se detuvo. Se invirtió.

Los soldados que llevaban máscaras se

desplomaron, con la nariz sangrando y la boca

llena de hojas secas. Los médicos, que juraban

que la enfermedad era química, comenzaron a

toser con la voz de sus abuelas. Y Micaela… no

gritó. No lloró. Se sentó en el suelo, con los

ojos cerrados, y dejó que el viento la llevara.

Su cuerpo se volvió polvo blanco, como el de las

piedras que se desmenuzan en los caminos de

Ancash.

Al amanecer, en los barrios marginales, los

niños empezaron a respirar sin tos. El aire

volvió a ser aire — pero ahora, cuando el viento

pasa, lleva susurrando el nombre de quienes lo

perdieron. Las curanderas de los valles ya no

son secuestradas. Se van solas. Y nadie las

busca. Porque ahora, el aire las escoge.