En 1987, en las laderas de Huaytapallana, Juan
Chura recibe un pergamino de cuero de su abuela
moribunda: un título de propiedad de 1893,
firmado por un cacique que nunca existió en los
archivos del Registro Nacional. La tierra —
K’uychi Rumi— no aparece en ningún catastro,
pero sí en los cantos de las ancianas de Tinta,
que juran que allí crecen flores que no se secan
ni en verano ni en guerra.
Dos semanas después, los hombres del consorcio
minero llegan con bulldozers y papeles del
Ministerio de Agricultura. Juan los enfrenta
solo, con su rifle de la guerra contra Sendero,
pero no dispara. En cambio, planta una bandera
quebrota en el centro del terreno: un pañuelo de
lana teñido con raíz de chilca, como le enseñó
su madre. Al caer la noche, el viento cambia. No
es viento de montaña. Es el mismo que, dicen,
llevó las palabras de los Inkas al Qhapaq Ñan.
Las piedras del terreno se mueven. No como
deslizamiento. Como si alguien las girara con
los dedos.
Al día siguiente, los ingenieros encuentran los
cimientos de una huaca enterrada, no por erosión,
sino por haber sido enterrada hace dos siglos.
El contratista intenta dinamitarla. La explosión
no destruye la piedra. Destruye su camión. Y su
hijo, de ocho años, que estaba mirando desde la
cima, se despierta al amanecer con los ojos de
color azul de las llamas, y murmura en quechua:
“No toquen el corazón de la madre”. Nadie le
enseñó esa lengua.
El gobernador envía a la policía. Juan los
recibe con una olla de chicha de jora y tres
huevos de cóndor que no se rompen al caer. La
policía los lleva. Al tercer día, tres agentes
desertan. Uno regresa con las manos cubiertas de
musgo que arde sin consumirse. El jefe ordena
retirarse. “No es tierra”, dice. “Es memoria que
se negó a morir”.
El terrateniente vuelve con un juez y un decreto
de utilidad pública. La audiencia se celebra en
Lima. Juan no va. Se queda en K’uychi Rumi. Esa
noche, la tierra se abre. No como grieta. Como
boca. Sale una humedad que huele a tierra mojada
de Chinchaypujio, y se forma una figura de barro
que camina hacia el juez cuando este pisa el
límite del terreno. El juez grita. Nadie lo
entiende. Pero todos ven cómo su sombra se
deshace en polvo, y el viento lo lleva hacia el
norte, como si lo devolviera al camino de los
muertos.
El Estado nunca publicó el acta de expropiación.
El terreno sigue sin estar en mapas. Pero cada
luna nueva, en las comunidades de Huancavelica,
se oye el llanto de una mujer que no tiene
nombre. Y los niños que nacen con ojos azules
como los de las llamas, siempre saben dónde está
K’uychi Rumi —sin que nadie se lo haya dicho.


