El comisario Raimundo Vargas ya no creía en los
papeles, pero aún los firmaba. Veinte años en la
Policía Nacional lo habían enseñado que en los
Andes, cuando el viento soplaba desde el Apu
Wamanripa, los sellos del Ministerio de Vivienda
no valían más que hojas de coca quemadas. Su
madre, una quechua de Huancavelica, había
perdido su chacra en el 87, cuando el ejército
desalojó a los campesinos por “seguridad
nacional”. Nadie le entregó el certificado.
Nadie lo buscó.
Hoy, el sello que faltaba estaba en Lima, en un
archivo del antiguo INRENA, entre pilas de
expedientes con polvo de siglo pasado. El Estado,
ahora digital, exigía un sello físico de la
antigua Dirección de Tierras, con el emblema de
la Pachamama y la firma de un funcionario muerto.
Nadie lo había visto desde el 92. La ley decía:
sin ese sello, la tierra no existía. Raimundo lo
sabía porque él mismo había sellado la
desaparición de tres comunidades en Ayacucho,
con la misma firma, en el 89.
La máquina de sellos del archivo, una reliquia
de acero con ruedas de latón, aún funcionaba.
Pero ya no imprimía papel. Imprimía sangre. Cada
vez que alguien intentaba sellar una reclamación
ancestral, la máquina chupaba un dedo del
solicitante. Nadie lo decía en los manuales. Lo
sabían los ancianos. Lo callaban los
funcionarios. En el 95, un curandero de Cusco
murió con la mano izquierda disuelta en la
máquina. Su hijo, hoy ministro, no lo mencionó
en el discurso del Bicentenario.
Raimundo entró con el expediente de su madre. No
llevaba guantes. No pedía permiso. La máquina lo
miró con sus ojos de hierro oxidado. Al tocar el
botón, el brazo derecho se le deshizo hasta el
codo. No gritó. Lo sabía. Lo había visto en los
informes clasificados: la máquina no rechazaba
falsedades. Rechazaba quien olvidó que la tierra
no se vende. Se devuelve.
La máquina escupió un sello. No de papel. De
tierra seca, negra, con el dibujo de una mujer
con raíces en la frente. El nombre de su madre
apareció en quechua, no en español. La tierra de
Huancavelica, por primera vez en treinta años,
volvió a existir en el sistema. Pero Raimundo ya
no podía firmar nada. Ni un parte. Ni un
certificado. Ni un recibo de pensión.
Al día siguiente, lo dieron por desertor. Su
uniforme fue quemado en la plaza de armas. Nadie
lo buscó. Solo una anciana de Chincheros lo vio
caminar hacia el cerro, con la mano izquierda
deshecha y la derecha vacía, sosteniendo el
sello como si fuera un niño dormido. Esa noche,
el viento en Wamanripa cantó en quechua. Y el
archivo, por primera vez desde 1980, se apagó.
Sin electricidad. Sin llaves. Sin nadie que lo
encendiera.
La tierra no quería papeles. Quería carne.


