En las laderas de Huayhuash, tras la guerra

interna, el sol dejó de salir cada veintinueve

días. Nadie lo explicaba, pero todos sabían:

cuando se apagaba, los muertos de la montaña

caminaban con sus ojos de obsidiana y pedían pan

de quinua. Los ancianos decían que el Inti se

había cansado de los hombres que lo traicionaron.

En el valle de Chilca, donde los terratenientes

criollos ya no pagaban impuestos ni a Lima ni a

los jefes de montaña, un hombre llamado Juancho

Túpac apareció con un sombrero de fieltro de

1978, una pistola sin balas y una voz que hacía

llorar a los niños.

Nadie lo reconoció como el verdadero caudillo

que había desaparecido en el ’87, pero él no lo

corrigió. El pueblo lo siguió como sigue al río

que aún trae pescado. Él les daba órdenes en

quechua mezclado con frases de la radio vieja:

“No se rindan cuando el sol se vaya”. Y cuando

la oscuridad caía, él subía solo al cerro de

Kuntur Wasi, regresaba con las manos llenas de

ceniza y decía: “El Inti nos perdonó esta vez”.

La regla que nadie decía en voz alta: quien

fingiera ser el caudillo debía morir cuando el

sol volviera. Porque el sol no se apagaba por

magia. Era un artefacto andino de los tiempos

del Inca, enterrado por los militares en el ’75,

que alimentaba su energía con la fe de los que

creían en un líder. Juancho no sabía eso. Solo

sabía que, cada vez que el sol se apagaba, él se

volvía más fuerte, más recordado, más real.

La tercera luna sin luz, una niña de diez años,

hija de una mujer que había perdido a su hermano

en la guerrilla, le puso en la frente una piedra

de obsidiana que le había dado su abuela. “Para

que no te pierdas”, dijo. Esa noche, Juancho no

regresó del cerro.

Al amanecer, el sol salió. Pero en la plaza,

donde antes estaba su sombrero, yacía un cuerpo

de barro seco, con la piel hecha de hojas de

quinua y los ojos de dos piedras negras. En su

bolsillo, una carta escrita con carbón: “No soy

él. Pero ustedes lo necesitaban más que él”.

El pueblo no lo enterró. Lo dejó allí.

Cada luna nueva, alguien sube al cerro. Nadie

vuelve con la misma voz.