En 1987, bajo la lluvia ácida que caía sobre

Lima desde la erupción del Huaynaputina, Elías

cargaba su carretilla de objetos hallados en los

túneles del templo de Kuntur Wasi, ahora

cubierto por el lago artificial de Chavín. Nadie

sabía que el agua había roto el hechizo que

mantenía unidas las capas del mundo: lo que se

vendía allí ya no era objeto, sino recuerdo

hecho cosa.

Él no lo sabía entonces. Solo quería vender los

collares de piedra negra, las flautas de hueso

de cóndor, los espejos sin marco que reflejaban

lo que uno más temía. En Huaraz, una viuda

compró un espejo y al amanecer gritó: su marido

había vuelto, pero era un cuerpo de hojas secas

que solo repetía el nombre del río donde lo

enterraron.

En Ayacucho, un niño compró una flauta. Esa

noche, el viento cantó en quechua las canciones

de guerra que su abuelo nunca le contó. Al día

siguiente, el niño ya no hablaba español.

Elías no paró. Cada venta era un clavo en el

tablero. Las reglas no estaban escritas, pero se

sentían: si vendías algo que no era tuyo, el

mundo se ajustaba para que lo que el comprador

recordaba se volviera verdad. Y lo que era

verdad antes… desaparecía.

En Cusco, una mujer compró un collar. Al

atardecer, su hija —desaparecida en el ’83—

apareció en la puerta, con el uniforme del

ejército que no existía en ese año. Elías vio su

propio rostro en el espejo que llevaba colgado

al cuello. No era suyo. Lo había tomado de su

padre, que se fue con los guerrilleros y nunca

volvió.

Esa noche, en el mercado de San Pedro, Elías

quemó lo que le quedaba. Las llamas no subieron.

Se hundieron. Y donde ardía el suelo, nació un

pozo con agua negra, como la del templo.

Al amanecer, el mercado ya no estaba. Solo

quedaba una carretilla vacía, y un collar de

piedra negra, aún tibio, junto a una carta sin

firma: “No busques. Ya estás aquí.”

Elías no encontró a su padre.

Pero ahora, en cada espejo roto de Lima, alguien

lo ve.

Y le pregunta: ¿vendés algo que no te pertenece?