En el mercado central de Lima, en 1983, las
barracas de chicha morada aún olían a maíz
tostado y canela, aunque ya no había clientes
que pagaran en soles. La hiperinflación había
vuelto el dinero papel mojado, pero doña
Pascuala, de 78 años, seguía sirviendo en su
vaso de barro, con el mismo cucharón de madera
que usó cuando el ejército mató a su hijo en
Ayacucho. Nadie le preguntaba por qué no se fue
al norte como los demás. Ella no tenía familia.
Solo tenía el lugar.
El golpe de estado no fue ruido. Fue silencio.
Los soldados entraron sin gritar, con botas
nuevas y caras de quien no sabe que el mercado
tiene reglas más viejas que ellos. Cerraron los
puestos de fruta, desalojaron a las vendedoras
de quinua, y clavaron carteles en las paredes:
“Orden Público. Prohibido el comercio informal.”
Doña Pascuala no se movió. Siguieron su vaso con
la mirada, como si fuera un objeto de madera, no
una mujer.
La primera regla que mordió fue la de los
impuestos. El coronel que mandaba el operativo
exigía que cada vendedor pagara “contribución de
estabilidad” en billetes de 100 mil soles —el
equivalente a medio kilo de arroz. Nadie podía.
Pero doña Pascuala sí. Ella cobraba en chicha.
Un vaso por cada soldado que pisaba su tabla. No
era caridad. Era factura. “Por el desorden que
dejan,” decía, sin mirarlos. Nadie entendió.
Hasta que un soldado joven se desmayó tras beber
su segundo vaso. Le salió sangre por la nariz.
El médico militar dijo que era alcohol, pero
doña Pascuala sabía: la chicha estaba fermentada
con raíces de coca silvestre que crecen en las
laderas de Huarochirí, y nadie, ni el ejército,
tenía permiso para tocarlas. Eso era la segunda
regla: las plantas de los antiguos no se tocan.
Las usaban los curanderos. Las usaban los
guerrilleros. Y ahora, las usaba ella.
Los oficiales empezaron a venir en grupo. No
para comprar. Para exigir. Pero cada vez que se
acercaban, doña Pascuala les servía. Sin hablar.
Sin mirar. Y cada vaso que bebían, el cuerpo les
pesaba más. Uno perdió la voz. Otro no pudo
dormir. El coronel, el tercer día, se agachó a
su altura, le puso un revólver en la sien, y le
dijo que parara. Ella levantó la mano, le puso
un vaso en la palma, y dijo: “Bébalo. Es su
impuesto.” Él lo bebió. Se cayó de rodillas. No
se levantó.
La tercera regla mordió cuando el ejército quiso
quemar su puesto. Llegaron con bidones de
gasolina. Pero al encender el fósforo, el viento
cambió. No era viento. Era el viento de la
montaña. El de antes de los españoles. Los
soldados juraron que vieron sombras de mujeres
con polleras de lana negra, como las que usaban
las ayllu de Huancavelica, caminando entre las
barracas. Nadie lo reportó. Nadie quería
recordar que la tierra de Lima aún no olvidaba.
Al quinto día, el mercado se abrió. No por orden.
Por abandono. Los oficiales se fueron. No con
orden. Con miedo. Doña Pascuala volvió a servir.
El vaso costaba un puñado de maíz. Nadie le pagó.
Nadie se atrevió. Pero los que pasaban, se
quitaban el sombrero. Incluso los que venían de
la sierra. Incluso los que habían matado.
El régimen cayó tres meses después. No por
rebelión. Por desgaste. Por el silencio de una
anciana que cobraba impuestos con chicha, y por
la tierra que recordaba lo que el ejército
quería borrar.
La melancolía no fue su mirada. Fue que, al año,
nadie volvió a vender chicha en el mercado
central. La gente ya no creía en las plantas. Ni
en las sombras. Ni en las viejas que saben más
que los generales. Solo en el vaso vacío que
dejó, limpio, sobre la tabla de madera.


