En el barrio de San Juan de Lurigancho, una

comerciante ambulante llamada Yurimagua vende

artículos de segunda mano junto a los mercados

informales. Su carrito siempre lleva un pequeño

cofre de cobre, donde guarda objetos que nadie

más puede ver. Un día, un cliente le ofrece una

moneda con runas quebradas y le dice que

pertenece a una familia de curanderos aymaras.

Ella no lo recuerda, pero al tocarla, el cofre

se abre solo y emana un resplandor violeta.

Desde ese momento, Yurimagua empieza a ver

sombras que otros no ven: figuras de mujeres

vestidas con trajes de lana colorida, moviéndose

entre las esquinas del barrio. Ellas le susurran

en quechua, diciéndole que ella no es quien cree

ser. En un mercado de pulgas, un viejo le

entrega un diario ajado con su nombre escrito en

tinta roja. La fecha es de 1972, durante el

gobierno militar.

Un nuevo reglamento municipal prohíbe las ventas

ambulantes en zonas urbanas sin permiso oficial.

Yurimagua debe elegir entre abandonar su vida o

enfrentar las autoridades. Pero al intentar

cerrar el cofre, descubre que ya no puede

hacerlo. Las sombras la siguen, y en cada

esquina, alguien menciona su nombre como si

fuera otra persona.

Durante una noche de lluvia, mientras camina

hacia el río Rímac, una figura emerge del agua:

una mujer con el mismo rostro que ella, pero con

ojos de cristal. Le revela que Yurimagua es una

encarnación de una bruja andina que fue

expulsada por traicionar a su pueblo. El cofre

no es un objeto, sino un portal que conecta a

quienes portan su sangre con el mundo espiritual

andino.

Al amanecer, el cofre se cierra por sí solo.

Yurimagua desaparece del barrio, dejando solo el

carrito vacío. Quienes la vieron afirman que

ahora se mueve entre las sombras, vendiendo

cosas que nadie pide, pero que todos necesitan.

El mundo moderno no cambia, pero algo dentro de

él se rompe. En Lima, el realismo mágico ya no

es solo una costumbre; es una verdad que se

cuela entre las grietas de la ciudad.