En 1987, en los bajíos de la Carretera Marginal,
un camión militar lleva a Yana K’uychi, chamán
amazónica, atada con cuerdas de urucú y un
collar de dientes de jaguar forjados en cobre.
No es prisión: es traslado. El ejército sabe que
su sangre es el único antídoto contra el canto
de las piedras que hablan en Quechua antiguo —
un sonido que hace temblar las mentes de los
soldados desde Tumbes hasta Tacna. La guerra
interna no se gana con balas, sino con silencios.
En el cuartel de San Juan de Lurigancho, los
oficiales la encierran en una celda de hormigón
con paredes tapizadas de fotografías de
desaparecidos. Cada mañana, le clavan una aguja
en la muñeca. Su sangre se filtra por tubos
hasta una máquina de latón que repite los
nombres de los muertos en bucle. La máquina no
graba: borra. Cada gota que pierde, una familia
olvida. Un hijo deja de llorar a su padre. Una
madre deja de buscar a su hija. El régimen llama
a esto “reconciliación”. Yana sabe que es
desmemoria ritual.
El tercer día, la máquina se atasca. Una niña
que murió en Huancavelica, en 1983, grita en el
aire sin boca. Nadie la escucha. Pero Yana sí. Y
ella no es solo mujer: es puente. En su vientre,
la madre le enseñó que el canto de las piedras
no se apaga: se duerme. Y se despierta con
sangre de los que fueron olvidados.
Esa noche, rompe el collar. No para escapar.
Para entregarlo. La tira por la ventana, hacia
el patio donde los soldados bailan cumbia con
sus esposas. El collar cae sobre una tumba
recién levantada: la de un soldado que no sabía
que su hermano era campesino. Al tocarlo, el
suelo se abre. No con fuego. No con llanto. Con
quietud.
Al amanecer, los militares hallan a Yana muerta,
con los ojos abiertos y la boca llena de tierra.
La máquina se fundió. Nadie recuerda qué hacía
allí. Pero en los barrios de Surquillo, en los
mercados de Villa El Salvador, en las casas de
los migrantes que llegaron con el viento de los
Andes, las mujeres empiezan a soñar con el mismo
nombre: Yana K’uychi.
Nadie habla de ella. Nadie la busca. Pero cada
vez que una madre canta una nana en quechua, el
viento se detiene un segundo.
Y en las noches de luna llena, las piedras de
Lima vuelven a cantar. Solo para quienes ya no
tienen miedo de recordar.


