Marisol, joven provinciana de Ayacucho, llega a
Lima en 1987 con dos maletas de ropa y una
cacerola de cobre para recoger el agua de las
lluvias torrenciales que caen sobre los techos
de los barrios altos. En el callao, donde los
militares cierran las calles sin aviso, el agua
es más valiosa que el pan. Ella no vende solo
agua: vende certeza. Cada gota que recoge en su
cacerola es una que no fue rociada con gas
lacrimógeno, no fue enjuagada con sangre, no fue
usada para borrar huellas.
El régimen prohíbe recolectar agua en techos de
viviendas sin permiso militar. Nadie lo cumple.
Todos lo ignoran. Hasta que un oficial del
Ejército, hijo de un aristócrata costeño caído
en desgracia, la ve recoger en el tejado del
viejo teatro de San Isidro. No la arresta. Le
entrega un balde de plástico nuevo, con el sello
de la Dirección de Inteligencia. “Para que no se
te rompa”, dice. Ella no responde. Guarda el
balde. Lo usa para recolectar más. Y en el fondo,
entre las hojas de eucalipto que flotan,
encuentra un mechón de pelo teñido de azul —el
color de los pañuelos que usaban las mujeres de
Huancavelica que desaparecieron en ’85—.
Marisol empieza a notar que el agua que recoge
en ciertos techos sabe a salitre y a metal. En
los techos del antiguo cuartel de La Palma, el
agua se vuelve espesa. En uno, al filtrarla con
su tela de lana andina, le sale un diente. En
otro, un botón de uniforme con la insignia del
Batallón de Infantería 12. Ella no lo denuncia.
No puede. En Lima, denunciar es desaparecer. Así
que cambia su rutina: recoge agua solo en los
techos donde los militares no van. Y cuando
llueve fuerte, ella camina con el balde lleno
hasta el río Rímac, y vierte el agua allí. Pero
antes, mete una piedra con el nombre de cada
persona que encontró. Una por cada gota que no
puede limpiar.
En 1991, el gobierno declara “operación limpieza
de techos” por “riesgo sanitario”. Soldados
suben a todos los techos de los barrios
populares. Marisol no huye. Se queda. Sube al
último techo de su edificio, el más alto, y
vierte el balde entero sobre el cemento. El agua
se mezcla con la lluvia y corre por las calles
como un río negro. Al día siguiente, el cuerpo
del oficial aparece flotando en el puerto de
Callao, con su balde de plástico atado al cuello.
En su bolsillo, una hoja con los nombres de 37
personas. Nadie los reconoce. Nadie los busca.
Ella desaparece esa noche. Pero en los techos de
Lima, cuando llueve, todavía se ve una sombra
que recoge agua. Y en los barrios altos, las
viejas dicen que si pones una olla bajo la
gotera de un techo viejo, al amanecer, el agua
sabe a sal, a miedo, y a nombre de quien no
volvió. La corrupción sistémica no mató a
Marisol. La mató el silencio que la convirtió en
ley. Y aún hoy, cuando cae la primera lluvia del
año, las mujeres de Lima dejan una olla en el
borde de sus techos. No para recoger agua. Para
que el agua recuerde.


