En 1987, cuando la hiperinflación devoraba los

sueldos y los desaparecidos se contaban en

plazas vacías, Willy Tahuantinsuyo bajó del

ómnibus en La Victoria con una bolsa de hojas de

coca y un tambor de piel de jaguar cosido con

pelo de chilihueque. Nadie lo buscaba. Nadie lo

recordaba. Pero el río que corría bajo Lima —el

que los viejos llamaban Mantaro Kallpa, el que

los ingenieros del régimen habían tapado con

tuberías de concreto— empezó a temblar al

amanecer.

Él no era un curandero cualquiera. Era el último

chamán amazónico que conservaba el lenguaje de

las raíces que hablan. Había firmado el pacto

con la huaca del río en 1943: a cambio de que el

agua siguiera viva, la ciudad entregaría un niño

por cada luna llena. Los militares lo olvidaron.

Los ricos lo negaron. Pero los migrantes de

Ayacucho, Huancavelica y Puno lo recordaban en

silencio: cada hijo que se perdía en los barrios

bajos, cada niño que no volvía de la escuela,

era un pago.

La huaca no era espíritu ni mito. Era un sistema:

la energía del río subterráneo se alimentaba del

miedo y la sangre de los más débiles. Cuando el

ejército bombardeó Sendero en los altos, la

huaca se volvió hambrienta. Y Willy, que había

vivido treinta años en la selva con el eco de

los gritos, regresó para exigir su parte.

El primer golpe fue en el barrio de San Juan de

Lurigancho. Un niño de ocho años, hijo de una

costurera que trabajaba en una fábrica de

calzado, desapareció en la noche del 14 de julio.

No hubo denuncia. Nadie quería llamar la

atención. Pero Willy lo encontró en la

alcantarilla de la avenida Brasil, con los ojos

abiertos y la lengua azul, como si hubiera

bebido agua de luna. Su cuerpo no tenía heridas.

Solo un dibujo en el pecho: una serpiente con

alas, pintada con barro de la Amazonía.

Willy no gritó. No rezó. Soltó el tambor en el

suelo y lo golpeó tres veces con el hueso de un

cóndor. El río se levantó. Las tuberías

reventaron. El agua salió negra, con olor a

hojas podridas y miel de abeja silvestre. En los

barrios, los niños que habían desaparecido en

los últimos meses empezaron a aparecer, uno por

uno, en las esquinas, con las manos llenas de

lodo y la mirada limpia. No hablaban. Solo

sonreían.

La policía llegó con perros y balas. Willy no

huyó. Se sentó en el centro de la avenida, con

el tambor sobre las rodillas, y cantó en quechua

una canción que nadie había escuchado desde

antes de la guerra. El río respondió. Las

tuberías se convirtieron en raíces. El concreto

se partió. Y allí, entre los gritos de los

vecinos y el olor a tierra mojada, la huaca

habló por primera vez en cuarenta años: no

quería más niños. Quería memoria.

Willy murió al amanecer. No de bala. No de

enfermedad. Se deshizo en polvo de hojas, como

una flor que se rinde al viento. Pero el río no

volvió a callar. Cada vez que cae lluvia fuerte

en Lima, en los barrios más olvidados, los niños

juegan con una serpiente de barro que no se seca.

Y si le hablas con cariño, te devuelve una hoja

de coca, fresca, como si nunca hubiera sido

enterrada.

La huaca sigue viva. Pero ya no pide niños. Pide

que la recuerden.