En 1987, Lucía de los Ángeles Vargas, última

heredera de una casa colonial en Barranco que ya

no tiene luz ni agua, vende el último espejo de

plata de su abuela en el mercado de Surquillo.

El espejo no refleja rostros: devuelve lo que

uno olvidó. Lo compra un oficial del Ejército

con medallas de la guerra interna, que lo lleva

a la sede del Comando Conjunto en Lince.

Esa noche, Lucía se adentra en el cementerio de

San Juan de Lurigancho donde los desaparecidos

no tienen nombre, pero sí huellas de tierra que

arden en invierno. Canta en quechua una canción

que nadie enseñó a su madre. El suelo se abre.

El espejo vuelve a ella, ahora cubierto de

raíces negras que le nacen por los brazos.

El oficial la llama a su oficina. Le pide que

recuerde el nombre de un guerrillero muerto en

Ayacucho. Lucía cierra los ojos. Siente el sabor

del maíz tostado que su tía le daba en

Huancavelica, y la voz de un niño que lloraba

bajo una camioneta militar. Escribe el nombre en

un papel. Al día siguiente, el militar es

promovido a jefe de inteligencia.

Lucía se muda a un departamento en Magdalena con

agua corriente y un televisor que nunca apaga.

Cada semana, el oficial le pide un recuerdo: el

lugar donde escondieron armas en Cajamarca, el

rostro de una maestra que enseñaba a leer en

quechua, el canto de una mujer que cantó hasta

que la silenciaron. Cada vez, las raíces crecen

más. Se le meten entre las costillas. Le nacen

hojas en los hombros.

En el Carnaval de Puno, mientras el ejército

dispara a los danzantes de la diablada, Lucía se

desliza por las calles de Lima con el espejo en

el pecho. Ya no puede quitárselo. Las raíces han

cruzado su corazón. El oficial la llama para que

recuerde el nombre de su propio padre —un

terrateniente que vendió tierras comunales a la

minera en 1973.

Lucía lo hace. Escribe el nombre. El oficial

llora. Esa noche, su casa en Lince explota por

un artefacto no identificado.

Lucía se va al norte. Las raíces ahora le cubren

la cara. En un pueblo de Cajamarca, una anciana

le dice: “Eso no es magia. Es la Pachamama

recordando lo que la gente borró.”

El espejo se funde en su piel.

Al amanecer, los campesinos encuentran una mujer

sin ojos, con hojas en el pelo, y en el suelo,

escritas con sangre seca: los nombres de los

desaparecidos.

Nadie la arresta. Nadie la busca.

Las raíces siguen creciendo.

Y en Lima, los archivos militares empiezan a

desaparecer.