En 1987, cuando el sol se ponía como un huevo
podrido sobre los cerros de San Juan de
Lurigancho, Miguelito recogía los cuerpos que la
policía dejaba en las rutas del norte. No los
enterraba. Los llevaba al basurero de Villa El
Salvador, donde los perros los desgarraban antes
que el gobierno los borrara de los libros. Él
era mestizo marginado: hijo de una tejedora de
Chinchaycocha que desapareció en una redada, y
de un soldado que nunca firmó su hoja de
servicio. Nadie lo llamaba por nombre. Lo
llamaban “el que recoge”.
La ciudad ya no enterraba. La dictadura había
implementado el Protocolo 7: los muertos de la
guerra interna no eran cadáveres, eran nodos. En
los hospitales militares, con máquinas de acero
que parecían telares de bronce, les extraían los
huesos largos, los limpiaban con agua de lluvia
destilada, y los encajaban en redes de cobre
bajo las calles. Los muertos no se perdían. Se
convertían en cables. En señales. En el nuevo
qhapaq ñan: una red subterránea de huesos que
transmitía silencios. Nadie lo decía en voz alta.
Pero los que recogían los cuerpos empezaban a
oírlos.
Miguelito escuchó el primero en la curva de Ate.
Un cráneo, medio aplastado por un neumático,
cantó en quechua: “Wasi k’ancha, wawa q’ancha”.
La casa está rota, el niño se fue. No era un eco.
Era un sonido dentro del cráneo, como si el
viento pasara por un hueso tallado. Esa noche,
en su cuarto de chapa, con el techo perforado
por la lluvia, se tocó el cráneo y sintió que la
piel le temblaba. No era locura. Era la
tecnología. El régimen había reactivado la
antigua práctica de los inkas: los huesos como
memoria viva. Pero ahora, no para recordar. Para
controlar.
El segundo lo encontró en la fosa común de Villa
María del Triunfo. Una mujer con el pecho
abierto como flor de cactus. Cantaba: “Tayta
Inti, k’ancha allin”. Padre Sol, la tierra está
rota. Miguelito la llevó a su casa. No la
enterró. La guardó en un costal de lana de
vicuña, como hacía su abuela. Esa noche, las
luces de Lima se apagaron. No por falta de
electricidad. Porque los huesos bajo las calles
se encendieron. Las redes de cobre brillaron
como venas de plata. Los militares no salieron a
reprimir. Se arrodillaron en las plazas.
Lloraban sin saber por qué.
El tercero fue un niño de diez años, con una
bala en la frente y un collar de semillas de
quinua. Cantaba una canción de los antiguos:
“Tinkuy, tinkuy, kawsayni”. El encuentro, el
encuentro, soy vida. Miguelito lo llevó hasta la
cima del cerro San Cristóbal, donde nadie iba.
No tenía pala. No tenía rito. Solo sus manos. Y
el viento que venía de los Andes, frío como la
memoria de una madre que no volvió. Enterró al
niño en la tierra negra, sin cruz, sin nombre.
Pero antes, le besó la frente. Y cantó, sin
saber que lo sabía: “Tayta Inti, k’ancha allin”.
Al amanecer, las redes de huesos se apagaron.
Las calles callaron. Los militares
desaparecieron de los cuarteles. Nadie habló.
Nadie preguntó. Pero en Lima, los muertos ya no
eran solo muertos. Eran memoria que no se rinde.
Y Miguelito, el que recoge, ya no recoge cuerpos.
Camina con el costal vacío, y cuando el viento
sopla desde el norte, él canta. Y las piedras de
la ciudad responden.
La ciudad no cambió. Se despertó.


