En 1987, Lima hervía con billetes que valían
menos que el papel, pero en Huancayo, bajo el
cielo de nubes grises que nunca lloraban, los
viejos radios de pilas aún escuchaban voces que
el gobierno juraba no existían. El estudiante
radical, César Quispe, robó uno de esos
artefactos —una caja de madera de cedro con
antenas de alambre de cobre, hecha por un abuelo
quebracho— del laboratorio de electrónica de la
Universidad San Cristóbal. No era un radio
normal: cuando lo encendías bajo la luna llena,
escuchabas a los desaparecidos. No sus nombres.
Sus últimas palabras. Como cuando la madre de un
campesino murmuraba “no me dejen sola en el
camino del nevado”.
La ley del silencio, impuesta tras el golpe del
92, prohibía cualquier dispositivo que captara
frecuencias fuera de las autorizadas. Quien lo
usaba, desaparecía. Pero César lo usaba cada
noche en el tejado de su casa, mientras su
hermano mayor, Óscar, jefe de la policía
política, revisaba los registros de llamadas en
el cuartel de Ate. Óscar no odiaba a su hermano.
Lo amaba. Y por eso lo buscaba. No por orden.
Por miedo.
César no sabía que la curandera que le daba té
de muña en la plaza de San Jerónimo —la que
cantaba con la voz de una flor que se abre en la
altitud— era la hija del hombre que fabricó el
radio. Ella lo llamaba “el que escucha lo que el
viento guarda”. Cuando él le confesó que su
hermano lo cazaba, ella no temió. Le puso una
semilla de chacana en la palma y dijo: “Si tu
hermano te mata, yo te canto de vuelta”.
Una noche, Óscar encontró el radio escondido en
el colchón de su madre. Lo rompió con un
martillo. Las voces se callaron. Pero la
curandera, en la plaza, empezó a cantar. Y por
primera vez en años, los vecinos de los barrios
altos se pararon en silencio. Nadie gritó. Nadie
huyó. Solo escucharon. Al amanecer, el cuerpo de
Óscar apareció en la vía de tren, con el radio
roto en el pecho, y una hoja de coca en la boca.
No lo mató César. Se mató él mismo. Porque ya no
podía soportar que su hermano recordara lo que
él había borrado.
César no escapó. No se escondió. Tomó el radio
roto, lo unió con alambre de la línea eléctrica
caída, y lo colocó en la cima del cerro de La
Viña. Lo encendió con la batería de un camión de
la cooperativa. Y cantó. No con voz. Con el
aparato. Y el viento lo llevó. Hasta Chincha.
Hasta Ayacucho. Hasta los pueblos que nadie
escuchaba.
Al día siguiente, cien radios de pilas
encendidos en casas de ladrillo y paja, todos
sintonizados en la misma frecuencia. Nadie supo
quién la emitió. Solo que, por primera vez en
una década, las madres lloraron sin miedo. Y en
los mercados, las mujeres vendían semillas de
chacana con un nuevo nombre: “la señal de César”.


