La casa llega con llaves de plata y un mapa
dibujado a mano, sin nombre de calle, solo tres
círculos concéntricos sobre un cerro que nunca
existió en los mapas oficiales. El aire huele a
tierra mojada y humo de paja quemada, aunque no
hay fuego. La primera noche, el cuadro colgado
sobre la chimenea —un paisaje andino con un sol
de tres ojos— comienza a moverse. Las nubes se
desplazan contra el viento.
Ella, artista bohemia, lo toca. No es tela ni
pintura. Es piel. Un pulso bajo el lienzo. Deja
de dormir. Cada mañana, el paisaje cambia: hoy
el sol está roto; mañana, aparece un niño
sentado en el borde del abismo, mirándola. No
puede salir. La puerta está cerrada por fuera,
pero el marco sigue siendo el mismo. El mundo ya
no funciona como antes: si uno no recuerda algo,
deja de existir.
Busca pruebas. Encuentra documentos de una línea
familiar desaparecida: huérfanos criados por una
comunidad de pintores que, desde 1935, vivieron
fuera del tiempo. Sus obras no se vendían. Se
entregaban. A cambio, recibían memoria. Alguien
había pagado con olvido para que el arte no
muriera. El último dibujo, el más grande, era el
mapa del cerro. Lo habían pintado todos juntos.
Y ahora, él reclama dueño.
La leyenda dice que quien lo termine puede
volver a recordar todo. Pero hay regla: cada vez
que dibuja algo real, pierde un recuerdo de su
vida. No el pasado, sino el presente. No sabe
cuántos días lleva ahí. Solo sabe que ya no
reconoce su propia cara en el espejo.
En la quinta madrugada, empieza a pintar. Pinta
el cerro tal como lo vio en sueños: con dos
lunas, una verde y otra negra. Pinta el niño que
nunca ha dejado de mirarla. Pinta a su madre,
muerta antes de nacer, según el acta. El lienzo
crece. El techo se mueve. Las paredes respiran.
Cuando termina, el cerro está completo. Las
luces parpadean. El niño desaparece. En el suelo,
el mapa original se convierte en polvo. El aire
se vuelve claro. Ya no huele a humo. Hace frío.
Pero siente el sol en la espalda.
Abre la puerta. Afuera, el pueblo existe. Sin
embargo, no tiene nombre. Ni ella lo pronuncia.
Saca un lápiz del bolsillo. Lo sostiene. No sabe
si es suyo.
Pinta un árbol. No porque quiera. Porque debe.
Y el árbol crece.


