En el 87, cuando la hiperinflación devoraba los
sueldos y el ejército quemaba archivos en los
pueblos, Doña Eulalia, de 92 años, caminó tres
días desde Chincheros hasta la Dirección de
Registro Civil en Breña con su cédula de 1952,
la única prueba de que existía. Nadie la atendió.
La máquina de laminar papeles se atascó con su
nombre escrito a mano, y la funcionaria, Liliana
Vargas, le dijo que no tenía derecho a un nuevo
documento sin foto digital —aunque no existía
ninguna en el país.
Liliana, burócrata corrupto, guardó la cédula
vieja en su cajón. Al día siguiente, firmó un
certificado de defunción falsa: Eulalia Quispe,
fallecida en 1983. Con eso, reclamó la pensión
de vejez de la mujer —una fortuna de 200 soles
mensuales— y la usó para pagar el soborno que le
salvó el puesto.
Ese mismo mes, en el sótano del ministerio, las
cajas de papel madera empezaron a chorrear agua
negra. Los archivos se humedecían sin lluvia.
Los funcionarios juraban que oían cantos en
quechua dentro de los archivadores. Nadie lo
reportó. En Lima, nadie quería recordar que los
muertos del conflicto armado no tenían cédulas,
y que las que sí las tenían, eran las que habían
sido borradas.
Una noche, Liliana encontró su propia cédula en
el escritorio. El nombre estaba en blanco. El
número, el de Eulalia. La foto, la de una mujer
con ojos de piedra y trenzas de lana de alpaca,
vestida con un manta tejida en el valle de
Huancavelica. Al tocarla, el papel se volvió
frío como tierra recién cavada.
Al amanecer, la máquina de laminar se encendió
sola. Imprimió 12.000 cédulas. Cada una con el
nombre de una mujer andina desaparecida entre
1980 y 1989. Ninguna con foto. Todas con el
sello de la Dirección de Registro Civil, pero
con el emblema de Pachamama en el ángulo
inferior.
Liliana intentó quemarlas. Las llamas se
apagaron en el aire. Las cédulas volaron por las
ventanas, cayeron en los mercados de Surquillo,
en las paradas de combis, en las puertas de los
conventos. Las mujeres las recogieron. Las
guardaron. No las usaron para nada. Pero cada
vez que un funcionario intentaba borrar un
nombre, la cédula aparecía en su casillero.
Eulalia no fue la primera. Ni la última.
En el 91, el ministerio cerró el archivo del sur.
Nadie explicó por qué.
Solo las viejas de los barrios bajos siguen
contando que, si escuchas bien en la noche,
entre el ruido de las radios y el viento que
entra por las grietas de las casas de chapa, aún
se oye el susurro de una cédula que no se
perdió…
…solo se volvió memoria.


