En 1987, cuando la hiperinflación devoraba los

sueldos y los militares allanaban casas por la

noche, Lucía, joven provinciana de Huancayo,

llega al Callao con tres cajas de velas de cera

de abeja y un pañuelo de lana teñido con raíces

de chilca. Vende en el mercado de La Punta,

donde los pescadores le compran para rezar por

los que no regresan del mar. Pero sus velas no

solo arden: cuando se encienden cerca de un

lugar donde alguien desapareció, proyectan

sombras que hablan —el rostro de un maestro

desaparecido en 1983, el brazo de una madre que

gritó en el cuartel de San Juan de Lurigancho—.

Es la herencia de su clan: las ceras de San Juan

no son ritual, son memoria hecha luz.

El clan de los Mendoza, herederos de los

terratenientes costeros que colaboraron con el

régimen, ha estado robando las ceras desde 1985.

No para venderlas. Para fundirlas. Cada vela que

queman en el basurero de Santa Rosa borra una

sombra, apaga un recuerdo, silencia una voz que

podía denunciarlos. En 1988, un oficial de la

policía política les entrega un camión lleno de

ceras de Lucía, robadas de su carretilla en el

puerto. Las funden en un horno de zinc en el

sótano de la iglesia de San Pedro, mientras los

curas cantan misas por los “caídos en la lucha

contra el terrorismo”.

La noche del 23 de junio, antes de San Juan,

Lucía sabe que los Mendoza planean quemar las

últimas ceras de su linaje —las que su abuela

escondió en el fondo de una olla de barro—. Va

sola. No lleva arma. Lleva una sola vela, la que

encendió cuando su hermano desapareció. Se mete

en la iglesia por la puerta trasera, donde el

olor a cera quemada se mezcla con el de la

sangre vieja. Enciende la vela en el altar vacío.

Las sombras no salen de la pared. Salen del

suelo. Diez figuras de mujeres con polleras de

lana, con las manos enlazadas, emergen de las

losas. No gritan. No lloran. Solo miran hacia la

puerta donde los Mendoza entran con cubos de

cera derretida.

Lucía no huye. Toma la olla de barro y la

estrella contra el piso. La cera de su clan se

derrama como lava negra, se mezcla con la de los

Mendoza, y arde con un fuego que no calienta,

sino que recuerda. Las sombras se vuelven más

nítidas. Una de ellas toca la frente de la hija

del jefe Mendoza, que se desploma con un grito

que nadie escucha. Las velas de los Mendoza se

apagan una por una. Las de Lucía, no.

Al amanecer, la iglesia está vacía. Solo queda

el olor a cera fría y la olla rota. Las sombras

ya no aparecen. Pero en los mercados, las

mujeres que venden velas dicen que, si escuchas

bien, la noche del 23 de junio, aún se oye el

susurro de diez voces.

La ley de las ceras es clara: quien las quema,

pierde la memoria. Quien las enciende, pierde la

vida. Lucía no volvió a vender velas. Nadie

volvió a verla. Pero en el Callao, si pones una

vela en el suelo de una casa donde alguien

desapareció, y nadie la enciende… al tercer día,

la cera se derrite sola.