En 1987, cuando la hiperinflación devoraba los
sueldos y los soldados de turno roban pan en los
mercados de Barrios Altos, Rosa Llumpa —
curandera tradicional de Ayacucho— vende hierbas
y oraciones en una chichería de ladrillo visto.
No cobra en soles. Cobre en cigarros de tabaco
negro: uno por cada cura, dos si la enfermedad
viene del alma. Esa es la regla: lo que el
cuerpo no puede pagar, lo paga el espíritu con
humo. Nadie pregunta por qué los cigarros nunca
se acaban.
El gobierno decreta que las curanderas deben
registrar sus prácticas. Rosa no firma. Su casa,
una vieja choza en el borde del río Rímac, se
convierte en blanco. Un oficial de la Dirección
de Inteligencia llega con un sobre sellado y una
orden de desalojo. Ella no habla. Solo enciende
un cigarro, lo deja caer en el suelo de tierra,
y el humo se enrosca como serpiente. Al día
siguiente, el oficial muere con los ojos llenos
de arena seca, como si hubiera tragado el
desierto.
Rosa sabe. La huaca que pactó con su abuela en
la ladera de Vilcashuamán no vive en las piedras.
Vive en lo que se calla. Y ahora, el sistema la
quiere. No para curar. Para vender. La DINCOTE
la lleva en camioneta a un depósito de la Fuerza
Aérea en San Juan de Lurigancho. Allí, bajo
luces fluorescentes, le ponen un micrófono en el
pecho y le piden que “hable con lo que está
debajo”. Ella no responde. Solo enciende otro
cigarro. El oficial que la trajo se acerca. Le
pone una pistola en la sien. “Dile a la huaca
que te pague por los desaparecidos.”
Rosa sonríe. Apaga el cigarro en el piso. El
suelo se abre. No es magia. Es la tierra. La
misma que los terratenientes de Lima compraron
con deuda y sangre en los 70, y que ahora, en
los 80, se levanta por la corrupción sistémica
que no reconoce ni a los muertos ni a las viejas.
De la grieta sale una nube de polvo con ojos de
llama. No es espíritu. Es memoria. La huaca no
es una diosa. Es el suelo que recuerda quién lo
pisó primero.
Al amanecer, la Fuerza Aérea ya no existe en ese
lugar. Solo quedan tres camionetas calcinadas,
cien cigarros sin fumar en el suelo, y el
oficial muerto con la boca llena de hojas de
coca. Rosa desaparece. Nadie la busca. En los
barrios, dicen que vende ahora en las esquinas
del Callao, con una bolsa de plástico llena de
cigarros. Quien pague con dinero, no recibe cura.
Quien pague con silencio, recibe el nombre de
quien se fue. Y si el cigarro se acaba… la huaca
no acepta deuda. Solo lo que ya fue pagado.


