En el Callao de 1987, bajo el olor a salitre y a
quemado de la inflación, Elena, sacerdote
sincretista, celebra misas en la capilla
abandonada de San Pedro mientras vende amuletos
de San Martín de Porres con raíces de k’intu en
el mercado de La Punta. El país se desmorona:
los desaparecidos del interior ya no son solo
historia, son fantasmas que aparecen en los
muelles, con los ojos llenos de tierra y la boca
cosida con alambre de púas. Nadie habla de ellos.
Pero todos los sábados, Elena los llama.
La era retro no es decoración: el gobierno
militar ha prohibido cualquier rito que no sea
católico, y los que lo practican son
“subversivos de la memoria”. Las leyes no dicen
nada de Pachamama, pero el ejército quema los
huacas de los barrios bajos, y los que los
entierran desaparecen. Elena sabe: cuando los
muertos regresan sin ofrenda, el suelo se abre.
Ya vio a un niño de Huaraz salir del puerto con
las piernas convertidas en raíces, y nadie lo
buscó.
El mitología prehispánica no es cuento: los
antiguos dioses no murieron, se enterraron en la
tierra de los pobres, y cuando el hambre y el
miedo crecen, ellos despiertan. Elena no invoca
a Inti. Ella canta en quechua a la Pachamama con
las manos manchadas de coca y sangre de gallina
negra, y el viento del mar se vuelve frío como
un cadáver recién sacado de la tierra.
La noche del solsticio, el ejército llega con
palas y botes de gasolina. No vienen por armas.
Viene por los que guardan los muertos. Elena
sabe que si no entrega una ofrenda real, los
muertos caminarán hasta Lima, y los militares
los matarán de nuevo — y esta vez, nadie los
llorará. Ella se arrastra hasta el muelle de los
pescadores, donde el agua se mueve como si
respirara. Se quita la ropa. Se coloca el collar
de dientes de cóndor que le dio su abuela, y se
clava un cuchillo de obsidiana en el pecho. No
grita. Solo canta. La sangre cae en el agua
negra, y el mar se traga el cuerpo.
Al amanecer, los muertos no aparecen. En el
puerto, un pescador encuentra el collar flotando.
En la casa de Elena, el altar está vacío. Solo
queda una hoja de coca, aún verde, sobre el
suelo de tierra. El ejército se va. Nadie
pregunta por ella. Pero esa noche, en el Callao,
los niños que juegan cerca del agua juran que
oyen una voz cantando, suave, como una madre que
canta para dormir a su hijo. Y en los barrios
altos, los criollos que comen cebiche en los
restaurantes nuevos sienten un frío en el
estómago, como si algo los mirara desde abajo.
La angustiante no es el miedo. Es que nadie lo
recuerda. Y aún así, ella sigue cantando.


