En 1987, cuando el hiperinflación se comía los

sueldos y el ejército llevaba a los muchachos de

los callados, Mercedes Quispe dejó su nombre en

una grieta del túnel de San Juan de Lurigancho.

No fue un rito con llamas ni chicha. Fue un

silencio de tres noches, con el dedo en la

piedra fría que huele a tierra vieja y sangre

seca. La huaca aceptó su nombre —no su alma, no

su sangre, su nombre— y en cambio le dio un

billete de cien mil soles, nuevo, con la cara de

Velasco, que no valía nada pero sí le compró un

pasaje a Arequipa para su hijo.

El caudillo carismático, Coronel Rivas, no era

de los que mandaban con uniforme limpio. Era el

dueño de las líneas de ómnibus que se movían

como pulpos entre los cerros. Usaba la ley de la

huaca como control: quien cruzaba el túnel sin

pagar la “ofrenda de nombre” desaparecía. Las

mujeres de Surquillo lo sabían. Nadie hablaba.

Pero Mercedes lo hizo. Y él lo vio. Lo usó.

Rivas no quería que nadie escapara. Le dio el

billete, pero le pidió algo más: que su hija

menor, la que tenía los ojos de su madre que

murió en el ‘83, fuera a la fiesta de la Virgen

de la Candelaria en Puno. No para rezar. Para

que la huaca la reconociera. Para que la huaca

creyera que el pacto era de sangre, no de nombre.

Mercedes lo aceptó. No por fe. Por hambre.

Cuando la niña llegó a Puno, el sol se puso azul.

La huaca no la aceptó. La niña gritó, y el grito

se convirtió en viento que desgarró las vías del

tren. Los ómnibus de Rivas se detuvieron en seco.

Las ruedas se volvieron piedra. Los pasajeros

que no habían pagado su nombre comenzaron a

desaparecer, no en el aire, sino en la tierra.

Como si el suelo los tragara con hambre de

memoria.

Rivas intentó quemar la grieta con gasolina. La

huaca no ardió. Se rió. Y en la noche, bajo la

luna de junio, Mercedes vio su nombre en la

pared del metro, escrito con barro seco, en

quechua: Wasiq —la casa que no tiene dueño. Su

nombre ya no era suyo. No lo recordaba. Ni

siquiera cuando lo gritaba.

Al día siguiente, el ejército entró al túnel con

bulldozers. No encontró cuerpos. Solo un billete

de cien mil soles, viejo, con la cara de Velasco,

y una niña que ya no hablaba. Mercedes se fue

caminando hacia el norte. Nadie la buscó. Ya no

tenía nombre para que la buscaran.

La ciudad siguió corriendo. Pero los trenes

nunca volvieron a arrancar sin un susurro. Y las

madres, desde entonces, no dejan que sus hijos

digan su nombre en los túneles. Porque saben: la

huaca no quiere sangre. Quiere que te olvides de

quién eras.