En 1987, tras la masacre de Huaychao, Elena
Quispe huyó con la guerrilla, dejando atrás su
casa en Pataz, sus hermanos enterrados en el
huerto de papa amarilla, y el nombre que le
dieron sus abuelas: Qhapaq Mama.
En 1994, el ejército entregó sus 12 hectáreas al
consorcio Minera Andina S.A. bajo el decreto de
“reordenamiento productivo”. El terreno, donde
nacieron las primeras papas de su familia, fue
marcado con concreto y cercado con alambre de
púas. Nadie dijo nada. Nadie pudo.
En 2003, Elena regresó sola, con una bolsa de
ropa y un certificado de nacimiento que no
servía. El alcalde la recibió con café frío y un
expediente: “Por deserción armada y prácticas de
hechicería ancestral”. Las autoridades habían
visto cómo las plantas de quinua se marchitaban
al tocar su sombra. Las gallinas ponían huevos
sin cáscara. Los perros de la villa ladraban
solo cuando ella pasaba.
El día que intentó sembrar una papa de su
bolsillo, el suelo se agrietó como si respirara.
Las raíces viejas, secas desde 1987, salieron de
la tierra como venas negras y le rodearon los
pies. No fue magia. Fue la ley del territorio:
en los Andes, la tierra que te expulsó no vuelve
a aceptarte.
La policía la detuvo por “sabotaje agrícola y
perturbación del orden natural”. En la celda, un
viejo campesino le susurró: “Tú no volviste a
reclamar tu tierra. Volviste a reclamar tu
nombre. Y eso, aquí, se paga con sangre de la
madre tierra”.
Al amanecer, la llevaron al campo. No la
fusilaron. La obligaron a cavar la fosa donde
enterraron a su madre. Le dieron una pala. Le
dijeron: “Cava hasta que la tierra te diga quién
eres”.
Ella cavó hasta que sus uñas se partieron. Hasta
que el sol quemó su piel como papel quemado.
Hasta que, al tocar una raíz que aún llevaba el
sabor de la leche de su abuela, el suelo se
abrió y la tragó.
Nadie volvió a verla.
Las papas volvieron a crecer en la ladera.
Minera Andina S.A. cerró en 2005.
La tierra no perdonó su nombre.
Y no lo olvidó.


