En los barrios bajos de Lima, 1987, la
hiperinflación devoraba los sueldos y las
chompas de lana eran moneda más firme que el
inti. Maruja, comerciante ambulante de origen
quechua, tejía prendas con hilos robados de
cadáveres en fosas comunes del norte —cada hebra,
un nombre callado. No vendía ropa: vendía
memoria, pero en paquetes pequeños, envueltos en
plástico de galletas.
Un día, entre los restos de un caudillo que se
llamó Gamarra —muerto en una emboscada en
Huancayo, con botas de cuero de vicuña y una
chompa bordada con la cruz de San Jorge—, ella
desprendió la tela entera. La limpió con ceniza
de quinua, la dobló como un pañuelo de duelo, y
la colgó en su carretilla junto a los chalecos
de soldado de la Guardia Civil. Nadie la detuvo.
Nadie sabía que la chompa tenía cosidas dentro
las listas de desaparecidos, escritas con hilo
de alpaca teñido con sangre seca.
El clan de los ExComandantes del Norte, hombres
que habían jurado enterrar el pasado con sus
muertos, la vieron venderla en el Mercado de
Surquillo. Un viejo con una pierna de madera la
acusó con la mirada. Al día siguiente, su
carretilla fue incendiada. No por ladrones. Por
los de la Cruz Roja Verdadera, que creían que el
uniforme era sagrado, no mercancía.
Maruja no lloró. Tejió otra chompa. Con los
hilos de la primera, tejida con los nombres,
ella hizo una réplica idéntica… pero con los
bordados invertidos: la cruz de San Jorge ahora
era una serpiente de dos cabezas, símbolo de los
aymaras antes de la colonia. La colgó en la
puerta del Ministerio de Economía, donde los
funcionarios criollos compraban “reliquias
auténticas” para sus salones.
La policía la detuvo. Pero no la encarceló. La
llevaron a la sede de la Comisión de la Verdad,
donde un oficial con el uniforme de gala de
Fujimori le preguntó si había visto a su hermano.
Ella le entregó la chompa. Él la abrió. Vio los
nombres. Lloró. Y la dejó ir.
Dos semanas después, la chompa apareció colgada
en el altar de la Virgen de la Puerta, en Lince.
Los ExComandantes la robaron. Los comerciantes
de recuerdos de la Plaza San Martín la copiaron.
Las mujeres que tejían en los barrios altos
empezaron a pedir “la chompa del caudillo que no
fue”. La gente dejó de llorar a los muertos.
Empezó a comprarlos.
El precio subió. La inflación también. Pero
nadie recordaba ya quién era Gamarra. Solo
sabían que su chompa valía más que un billete de
mil intis. Y que, si uno la usaba en la noche,
escuchaba susurros en quechua —no de fantasmas,
sino de mujeres que nunca fueron escuchadas.
La última pieza que Maruja vendió fue una chompa
sin bordado. Solo lana gris. La compró un niño
de diez años. Le dijo: “Mi mamá dice que esto es
lo que queda cuando ya no hay historia para
vender”.


