En los últimos días de 1987, cuando el tren de
la línea Central ya no aparece en los horarios
oficiales, Mercedes, hija de una campesina que
murió en la masacre de Lucanamarca, sube con su
carreta de madera y cinco sacos de harina al
vagón muerto que solo se mueve a medianoche.
Nadie lo ve subir. Nadie lo ve bajar. El tren
corre por vías que ya no existen, entre túneles
que se abren donde antes había casas quemadas, y
el viento lleva el olor a azufre y a chicha
fermentada de los pueblos desaparecidos.
El régimen ha declarado ilegal cualquier ritual
andino que invoque a los apus como testigos. Los
militares queman libros, entierran cantos, y a
los que los recuerdan los hacen desaparecer sin
dejar rastro. Pero Mercedes no lleva objetos.
Lleva voces. Cada saco contiene un pedazo de
tela teñida con la sangre de un caudillo —no de
los famosos, sino de los olvidados: el que se
negó a entregar la plata de Potosí, el que
enterró su espada bajo un ceiba, el que murió
gritando “¡Qhapaq Ñan!” mientras lo fusilaban.
Las telas no se desgastan. Se llenan de hojas de
coca que brotan por sí solas.
Cuando el tren cruza el puente de Quinua, donde
hace veinte años ejecutaron a cien campesinos
por cantar el huayno de los muertos, los
soldados de la Guardia Civil aparecen como
sombras en el andén. No disparan. No gritan.
Solo miran. Uno de ellos, el teniente que fue
niño cuando su padre desapareció en Ayacucho, se
acerca. Toca un saco. La tela se deshace en
polvo dorado. Y dentro, una voz que no es voz:
un susurro en quechua que él entiende, aunque
nunca lo aprendió. “Tu abuelo no fue traidor.
Fue el que guardó la memoria.”
El tren se detiene. Por primera vez en años. El
teniente se arrodilla. Se quita el casco. Y
llora sin sonido. Los otros soldados se alejan.
Nadie los sigue. El tren vuelve a moverse.
Mercedes no lo mira. Sigue caminando. Lleva
cuatro sacos más. El quinto ya no pesa. Ya no es
harina. Es un niño de diez años que no sabe su
nombre, pero lleva en la mano una flauta de caña
y canta en voz baja un himno que nadie ha
cantado desde 1983.
Al amanecer, el tren desaparece en la niebla de
Huarochirí. En Lima, el Ministerio de Defensa
emite un comunicado: “Falso avistamiento de tren
fantasma. Posible efecto psicológico por
hiperinflación.” Pero en los mercados de
Surquillo, en las esquinas de Bellavista, en las
casas de los barrios altos donde ya no se canta
el huayno, la gente deja un puñado de coca sobre
la puerta. Y en las noches, cuando el viento
sopla desde el norte, se oye el sonido de una
flauta. Y el aire huele a tierra mojada y a
sangre que nunca se secó.
La ley de la memoria es simple: quien la guarda,
la vive. Quien la niega, se convierte en polvo.


