En los altos de Huarochirí, donde las piedras
aún hablan en quechua y los vientos llevan las
almas de los caídos en la guerra interna, las
familias no eligen esposos: los espíritus del
Apu Wamanripa los designan. Nadie pregunta.
Nadie rechaza. La ley del viento es más antigua
que el ejército, más fuerte que el banco.
Doña Rosa, matriarca abnegada, perdió a dos
hijos en la Sendero. El tercero, el único varón,
se fugó con una limeña. Ahora, su única hija,
Lluvia, cumple veinte. El viento eligió. No un
oficial de la Guardia Civil. No un comerciante
de Surquillo. Un cuerpo sin rostro, vestido de
lluvia negra, apareció en la puerta de la casa
de adobe. Traía una flor de cantuta que nunca se
marchitó.
La alianza matrimonial era el único modo de
evitar que el Apu arrasara el valle. Los
campesinos juraban que, si se negaban, los ríos
se volvían sal y los cultivos de papa se
convertían en cenizas. Doña Rosa no lloró. Sólo
lavó el vestido de Lluvia con agua de lluvia
recogida en ollas de barro, como hacían sus
abuelas antes de los rituales de sacrificio.
La noche antes de la boda, Lluvia desapareció.
No huyó. Se fue al cerro. Allí, entre las
piedras de Chavín, encontró al hermano que creyó
muerto. No era un desertor. Era el hombre del
viento. Había sido el primero en recibir la
marca: el Apu lo había tomado cuando era niño,
lo había convertido en su mensajero, en su carne
viva. Él no quería casarse. Quería que ella lo
matara.
Doña Rosa lo supo cuando vio la flor de cantuta
en el suelo, seca. La ley del viento exigía un
reemplazo. No una novia. Una madre.
Al amanecer, Rosa caminó sola hasta la cumbre.
Llevaba una cesta con pan de maíz, un chal de
lana y una navaja de plata. No gritó. No rezó.
Sólo cortó su propia muñeca y dejó que la sangre
cayera sobre la piedra sagrada. El viento rugió.
El cuerpo sin rostro se deshizo en polvo. La
flor se abrió, roja como un corazón recién
nacido.
Lluvia volvió. Sin palabras. Sin miradas. Sólo
con la flor en la mano.
La tierra no se secó. No hubo inundaciones. No
hubo muertos nuevos.
Pero desde entonces, cada vez que sopla el
viento del oeste, las mujeres de Huarochirí
dejan una flor de cantuta en la puerta.
Y nadie pregunta quién la pone.


