En 1897, Julio Vargas vuelve a Huaylas tras
veinte años en Lima, con la camisa manchada de
fábrica y el bolsillo lleno de billetes de papel
moneda que ya nadie acepta. Su hermano mayor,
Mateo, lo espera en la puerta de la casa de
adobe: ya no es su hermano, es el jefe del
patrón que compró las tierras con un decreto del
gobierno de Piérola, firmado con sello de plata
y tinta de cactus.
La tierra que su padre cultivó con maíz morado y
quinua no existe más. En su lugar, un huerto de
tilos europeos, plantados en línea como soldados,
rodean la casa del caudillo. Nadie recuerda que
los tilos no crecen en altitudes de 3.200 metros
— pero desde que los plantaron, las lluvias se
volvieron raras, los llamas se mueren de sed, y
los ancianos juran que la Pachamama ya no
escucha.
Julio intenta presentar el título de propiedad
que le dejó su padre, escrito en quechua y
español, sellado con la huella de un cóndor. El
notario lo rechaza: “Eso no vale. Hoy rige el
Código Civil de 1852, y las tierras de indígenas
son bienes de dominio público”. La ley no cambió.
Solo los hombres que la usan.
En la noche, Julio camina hasta el lugar donde
antes estaba el árbol ancestral, el T’ika
Pachacútec, el que daba sombra a los juramentos
de paz. El suelo está seco, agrietado, y al
tocarlo, sus dedos se llenan de polvo que huele
a ceniza de quinua quemada. No hay raíces. No
hay hojas. Solo una placa de hierro con el
nombre del caudillo y la fecha de “reforma
productiva”.
Al amanecer, Julio lleva un machete al huerto.
Corta el primer tilo. No cae. Se quiebra como
madera muerta, pero de su tronco sale un líquido
oscuro, espeso, que gotea sobre la tierra como
sangre. El caudillo aparece con dos guardias. No
habla. Solo mira.
Julio no lucha. No grita. Solo se sienta sobre
la tierra rota, con el machete en las rodillas.
Al tercer día, se va. Nadie lo ve partir.
En la plaza de Huaylas, el único tilo que queda
se seca en una semana. Los niños ya no juegan
cerca de él. Las mujeres dejan de llevar
ofrendas. Y en la ladera, donde antes crecía el
árbol sagrado, ahora hay una mina de cobre.
El suelo no respondió. Porque ya no era suelo.
Era propiedad.


