En 1987, cuando la hiperinflación devoraba los
sueldos y los desaparecidos se contaban por
barrios, Diego, estudiante radical de sociología
en San Marcos, vio cómo su hermana menor
desapareció tras subir al ómnibus que llevaba a
los andinos a los basurales de La Victoria.
Nadie buscaba. Los policías decían que “los del
campo se pierden solos”.
La ciudad funcionaba con una ley silenciosa:
nadie podía enterrar a un migrante en suelo
limeño sin permiso del municipio, y los cuerpos
sin papeles se llevaban en camiones negros a
fosas comunes en el Callao. Pero en los cuartos
traseros de las iglesias de Surquillo, los
ancianos quechua murmuraban que los huesos de
llamas —solo los de las crías nacidas bajo luna
llena en Chinchaypujio— podían abrir las puertas
del mundo de abajo, donde los desaparecidos aún
caminaban.
Diego no creía en lo sobrenatural. Hasta que
encontró el primer hueso en el mercado de San
Pedro, envuelto en hojas de coca y sal de Maras,
vendido por una mujer que no habló, solo le puso
la mano en el pecho y se fue. Ese mismo día,
tres cadáveres sin identificar aparecieron con
flores de kantuta entre los dedos.
Decidió robar el último hueso sagrado: el que
guardaban en la capilla abandonada de San
Bartolomé, tras el altar donde los criollos
pusieron una Virgen de Guadalupe encima de una
estatua inca oculta. La regla que mataba: nadie
podía tocar el hueso sin ofrecer su propia
sangre como ofrenda. El que lo tomara, su cuerpo
se volvería tierra donde cayera.
Entró por la ventana rota a las tres de la
mañana. La capilla olía a cera vieja y polvo de
andenes. El hueso, del tamaño de un dedo,
brillaba con un azul tenue. Lo tomó.
Al salir, el cielo se abrió.
En la avenida 28 de Julio, donde los migrantes
dormían bajo los puentes, el hueso se deshizo en
su mano. No hubo gritos. Solo el sonido de la
tierra que se levantaba: surcos negros se
abrieron entre los cartones, las bolsas de
plástico, las botellas vacías. De cada grieta
salía una mano, luego un rostro, luego un cuerpo
entero —los desaparecidos, vestidos con los
mismos ponchos de 1985, con los ojos claros como
los de su hermana.
No hablaron.
Caminaron.
Uno por uno, cruzaron la avenida, subieron las
escaleras del Ministerio de Interior, entraron
al cuarto del jefe de seguridad, y se sentaron
en las sillas donde se firmaban las órdenes de
desaparición.
Al amanecer, el ministro fue encontrado sentado,
con el hueso en la palma, y su piel, toda su
piel, convertida en tierra seca.
En las calles, los migrantes que habían vuelto
no se fueron. Se sentaron en las plazas,
cocinaron chuño en fogones de ladrillo, y
enseñaron a los niños limeños a tejer con lana
de llamas.
Nadie los expulsó.
Nadie los volvió a ver desaparecer.
Diego ya no estaba. Solo quedaba un montículo de
tierra junto a la estatua de Pachacútec que
alguien había colocado, sin permiso, en la
puerta de la universidad.
Y cada 24 de junio, cuando el sol ilumina el
cerro de San Cristóbal, los que pasan dicen que
se oye un canto.
No es quejido.
Es un canto de alegría.


