En las calles de Lima, en 1847, los sombreros de
Chichero —el comerciante ambulante— no solo
protegen del sol: cada uno teje un pelo de
vicuña que perteneció a un muerto de la guerra
civil. La República Temprana ya no tiene
ejércitos regulares, solo patrullas de señores
que usan cuernos de toro fundidos en plata para
marcar a sus presas. Quien compra un sombrero,
recibe el sello de un cadáver que reclama su
alma. Nadie lo sabe, pero Chichero lo hace a
propósito: los cuernos solo funcionan si el
comprador es de sangre criolla. Los andinos, los
mestizos, los que huyen de la sierra… no les
afectan.
Una noche, la hija del último conde de
Miraflores, doña Lucía, compra un sombrero con
un pelo teñido de índigo. No sabe que su padre
mandó matar al vicuña que lo dio. Al amanecer,
tres hombres con cuernos aparecen en su puerta.
No la matan. La siguen. Como un animal que huele
sangre.
Chichero la ve desde la esquina de la Plaza San
Martín, donde vende sus sombreros bajo la sombra
de un ceiba que no crece en ninguna otra ciudad.
Él la ama. Ella no sabe que él es hijo de una
curandera que quemaron por decir que los cuernos
eran un pacto con los wak’as.
La cacería humana se vuelve ritual: cada vez que
un criollo usa un sombrero, su sangre activa un
antiguo pacto de los caudillos muertos. Las
ciudades se vacían. Los ríos se tiñen de sal. La
ley de los cuernos exige un sacrificio cada luna
nueva.
Cuando Lucía huye hacia el Callao, Chichero la
sigue con una bolsa de sombreros vacíos. No
vende. Los quema. Uno por uno. Cada llama libera
un pelo. Cada pelo grita. Los cuernos en las
manos de los cazadores se parten como huesos
viejos.
En el puerto, bajo la lluvia de marzo, Lucía se
quita el sombrero y lo clava en la arena.
Chichero le pone la mano sobre el pecho. No
hablan. Pero los cuernos de los cazadores se
deshacen en polvo. Los muertos no vuelven.
La República Temprana no cambia. Pero ahora,
nadie compra sombreros de paja.
Y en los mercados de Surquillo, los niños cantan:
“El que vende sombra, no vende muerte.
El que ama en silencio, vence al cuerno.”
La ley de los cuernos ya no rige.
Pero sí la de los que callan y no olvidan.


