En 1987, cuando el gobierno ya no controlaba las
carreteras y las milicias del Sendero se fundían
con los carteles de cocaína, Elena Llaqta perdió
a su marido en una emboscada cerca de Huari. No
lloró. Enterró sus botas en el suelo de su
chakra y dejó que las raíces de la papa se
entrelazaran con sus dedos. Nadie hablaba de
ella, pero todos sabían: cuando la lluvia caía
en ángulos raros, ella estaba cerca.
El narcotraficante, un exsoldado llamado Chávez
el Chileno, llegó a Huaraz con camiones llenos
de dinero nuevo y una lista de brujas. No creía
en lo sobrenatural —creía en el miedo como
mercancía. Ordenó que la capturaran por “sacar
el alma de los hombres con miradas”. No fue un
decreto. Fue una ley no escrita: en la República
Temprana, quien dominaba la tierra dominaba la
memoria. Y Elena, con sus manos callosas y su
silencio, recordaba lo que los caudillos habían
borrado: que los andes no son territorio, son
testigos.
La cacería humana empezó con un perro muerto en
la puerta de su casa, con las entrañas tejidas
en forma de cruz quebrada. Elena no se movió. Al
día siguiente, el río que pasaba por su chacra
cambió de curso, se desvió cien metros hacia el
este, como si alguien lo empujara con un dedo.
Los hombres de Chávez juraron que fue un aluvión.
Ella sabía que era la tierra, cansada de ser
ignorada.
En la noche del solsticio, cuando los campesinos
encendían sus fogatas en honor a Pachamama,
Chávez subió con veinte hombres y una camioneta
cargada de dinamita. Llevaba una foto de Elena
en su bolsillo, recortada de un diario viejo. No
buscaba justicia. Buscaba quebrar la creencia.
Quería que el pueblo olvidara que la tierra
podía responder.
Cuando la dinamita explotó en el cerro de Kuntur
Wasi, la montaña no cayó. Se abrió. Un
deslizamiento de tierra y piedras, tan lento que
parecía una respiración, cubrió la camioneta,
los hombres, y el cuerpo de Chávez, que gritó
algo que nadie entendió porque el viento se
llevó las palabras. No hubo gritos. Solo el
sonido de la tierra devolviendo lo que le habían
robado: la memoria de los muertos, la sangre de
los desaparecidos, la voz de las mujeres que no
hablaban porque no necesitaban hacerlo.
Elena desapareció esa noche. Nadie la vio irse.
Pero en las mañanas siguientes, las papas en sus
chacras crecieron con forma de rostros. Los
niños que pasaban por allí decían que las hojas
susurraban su nombre. Los traficantes dejaron de
buscarla. No por miedo. Porque en la República
Temprana, cuando la tierra decide hablar, hasta
los hombres con armas aprenden a callar.
La resiliencia femenina no es resistencia. Es el
suelo que se levanta cuando el poder olvida que
pertenece a quienes lo cultivan.


