En 1987, en el callao abandonado donde los
pescadores ya no salen porque el mar se volvió
salado sin lluvia, Hombres de treinta y cinco
años camina con una mochila de ropa seca y un
mapa dibujado en corteza de quinua. Su padre
desapareció en el Alto Huaylas cuando los
soldados quemaron las escuelas de la comunidad y
llevaron a los hombres en camiones sin placa.
Nadie lo buscó. Nadie lo nombró.
La bruja de pueblo vive en una casa de adobe sin
techo, entre los restos del antiguo mercado de
San Isidro. No habla. Usa un pañuelo de lana de
llama teñido con raíces de chilca para cubrirse
la boca. Los vecinos la llaman Ch’illay, porque
llora sin lágrimas y el polvo se levanta donde
pisa. Ella no cura. Ella recuerda.
Hombres llega con una foto ennegrecida: su padre
en el Festival de la Candelaria, sosteniendo un
t’anta con la cara pintada de achiote. Ch’illay
toma la foto, la apoya en el suelo de tierra, y
canta una tonada que nadie ha oído desde 1983.
El viento entra por las grietas y mueve las
cenizas en forma de nombres. Uno se levanta. Se
llama Mateo.
Esa noche, Hombres duerme en el piso de la bruja.
Al amanecer, ella lo lleva hasta el río Huallaga,
donde el agua ya no corre hacia el mar. Fluye
hacia arriba, como si el país entero hubiera
invertido su memoria. Los pescadores de ayer
ahora son fantasmas que piden pan en las
esquinas de Lima. El Estado dice que no existen.
La Constitución no los reconoce.
Ch’illay le da un puñado de hojas de coca con un
hilo de lana roja. “Muerde. No tragues.” Él lo
hace. En la garganta, el sabor es el mismo que
el de la chicha de jora que su padre le daba
antes de irse. Y entonces ve: su padre, de pie
en el centro del río que sube, con los ojos de
vidrio y la boca cosida con hilos de quipu. No
grita. No llora. Solo sostiene una bandera rota:
la del Partido Comunista del Perú, pero con el
sol inca en el centro.
Hombres se arrodilla. Toma una piedra plana. La
clava en la orilla. Es la primera vez que
alguien pone un monumento en ese lugar. Nadie lo
vio. Nadie lo registró. Pero el río se detiene.
Una gota cae. Se convierte en hoja de coca.
Luego en un hilo de lana. Luego en un nombre
escrito en la tierra.
Al día siguiente, Ch’illay se va. Deja solo un
saco con dos pares de zapatos viejos. Uno es del
tamaño de un niño. El otro, del tamaño de un
hombre que ya no camina.
Hombres se queda. Cada mañana, pone una hoja de
coca en la piedra. Nadie pregunta. Nadie lo
detiene. El gobierno no lo busca. El río no baja.
Y en los barrios altos de Lima, las mujeres que
lavan ropa en los canales empiezan a cantar la
misma tonada. Sin saber por qué.
Nadie lo nombra. Pero todos lo recuerdan.


