En 1987, en los sótanos del Ministerio de

Gobernación en Lima, el burócrata corrupto Raúl

Vargas sella el certificado de defunción de un

campesino que nunca existió: Juan Puma Chumpi,

de Puno, muerto en un “accidente de tren” que

nunca ocurrió. La regla no escrita del régimen:

si no hay cuerpo, no hay demanda. Vargas firma

con el sello de plomo del Estado, el mismo que

selló mil muertes silenciadas.

El certificado se vuelve su pasaporte. Con el

nombre de Puma, compra un terreno en Lince, se

inscribe como contador independiente, compra una

camioneta usada y deja de mirar hacia atrás.

Pero en el Alto Piura, donde el nombre de Juan

Puma Chumpi fue dicho en quechua por tres

generaciones, la tierra reacciona. Los ríos se

vuelven más oscuros tras las lluvias. Los

ancianos ven sombras con la cara de Puma

caminando entre las huacas, sin zapatos, con las

plantas llenas de tierra.

Vargas empieza a soñar con ollas de barro que

hablan en voz de mujer. No palabras. Solo

nombres: Chumpi, Puma, T’ika, Yana. Los

despierta con la lengua seca y las uñas llenas

de barro. No recuerda haberlas tocado.

Cuando el Ministerio ordena una auditoría de

“identidades fantasma” —una limpieza antes de

las elecciones—, Vargas se queda sin escape. Su

identidad falsa es la única que no tiene huellas

de nacimiento, solo el sello de su propia firma.

La regla que lo protegía ahora lo condena: nadie

puede vivir sin un acta, pero nadie puede vivir

con una que no es suya.

La noche que llegan los inspectores, él no huye.

Camina hasta el río Rímac, lleva consigo el

certificado original, el sello de plomo y un

pañuelo de lana tejido con hilos de colores que

nunca supo de dónde vino. Se quita los zapatos.

Se quita la camisa. Se arrodilla en la orilla.

Al amanecer, el cuerpo no está.

Sólo el sello, enterrado en la tierra húmeda, y

el certificado, flotando en el agua como una

hoja de coca.

Dos semanas después, un niño de Huaraz dice que

vio a un hombre sin cara, con la voz de su

abuela, sembrando papas en una chacra que no

existía antes. Las autoridades no lo buscan.

Nadie firma un nuevo certificado.

Pero en los mercados de Lima, ahora se vende un

nuevo tipo de queso: el queso de Puma. Se hace

con leche de oveja, se cura en hojas de ulluco,

y quienes lo prueban dicen que sabe a lluvia

antigua.

La burocracia sigue funcionando.

Pero ya no hay nadie que firme con el sello de

plomo.