En 1887, tras la caída del último caudillo de
Puno, los restos de los muertos de la guerra se
convierten en mercancía legal. Mateo, de doce
años, recoge huesos de llamas en las fosas
comunes del Callao y los vende a los boticarios
que los pulverizan para "calmar los espíritus
agitados". Su padre murió en la matanza de
Huancané; su madre, en un tren que se desplomó
en la sierra. No tiene papeles. Solo tiene los
huesos y el silencio.
El gobierno de Lima exige documentos de
nacimiento para los migrantes andinos. Sin ellos,
se los llevan a las minas de Cerro de Pasco. Un
hombre con traje de seda y reloj de bolsillo lo
encuentra en el mercado de San Pedro: doña
Elvira de los Ángeles, hija del último banquero
de Arequipa, busca esposa para cumplir con el
testamento de su padre. "Una mujer que no hable,
que no llame la atención, que no tenga familia".
Mateo no es mujer. Pero sí es invisible. Se
casan en una capilla vacía. El cura no pregunta.
Nadie firma. Solo se lleva un saco de huesos
como dote.
En la mansión de Miraflores, el suelo de madera
crujía antes. Ahora, cada noche a las dos, se
hunde. Como si algo empujara desde abajo. Elvira
se quita los zapatos antes de acostarse. Los
deja en el umbral. Al amanecer, están cubiertos
de lodo seco con marcas de dedos. No hay lluvia.
No hay ríos cerca. Mateo no dice nada. Sabe lo
que es el lodo de la tierra que no perdonó.
La primera vez que lo ve, se mete en el sótano.
Encuentra una pared donde la cal se desmorona en
forma de caras. Las mismas que vio en las fosas
de Huancané. Las mismas que le cantaban en
sueños cuando era niño. Su madre le decía: "La
tierra no olvida. Solo espera que alguien la
llame". Él nunca supo que su nombre era
Wiraqucha.
La semana que viene, el alcalde viene a
inspeccionar. Dice que la casa huele a muerto.
Que hay "supersticiones indígenas" en las
paredes. Ordena arrancar el suelo. Mateo lo
detiene con un cuchillo de carnicero en la
garganta. No habla. Solo mira. El alcalde se va.
Esa noche, Elvira no regresa a la cama. Sale por
la puerta principal. Camina hacia la montaña.
Mateo la sigue. Lleva consigo el último saco de
huesos. No los vende. Los entierra en el cerro
de San Cristóbal.
Al amanecer, el suelo de la mansión ya no crujía.
Se había levantado. Formaba una espiral. En el
centro, una flor blanca, de pétalos como huesos,
crecía entre los ladrillos. Elvira aparece en la
puerta. Tiene barro hasta las rodillas. No habla.
Le entrega una bolsa: adentro, un documento de
nacimiento. Con su nombre. Y el de su madre.
Firmado por un cura que murió en 1821.
La ciudad no lo entiende. Pero la tierra sí.
Elvira nunca volvió a usar zapatos. Mateo dejó
de vender huesos. Ahora, en los barrios bajos,
cuentan que si uno deja un pedazo de tela en la
base de un cerro, al día siguiente, aparece con
una flor blanca. Y si la toca, escucha el nombre
de alguien que ya no está.


