El río que nació en los Andes se secó en 1943.
El gobierno de la República Temprana lo declaró
"sagrado" para evitar que los pueblos
indígenas
lo usaran. Los campesinos lo llamaban Yachay y
lo custodiaban como un dios. Pero cuando el río
desapareció, la tierra se volvió árida, y los
emigrantes comenzaron a llegar a Lima en busca
de trabajo.
El hombre llegó a la capital en 1972, con una
maleta llena de recuerdos y un documento que lo
identificaba como emigrante retornado. Su nombre
era César, pero nadie lo recordaba. Solo sabían
que había vivido en el campo, donde el río aún
fluía bajo tierra, aunque nadie podía verlo. En
Lima, los edificios crecieron hacia el cielo, y
los antiguos aristócratas se convirtieron en
sombras. La ciudad olía a aceite de motor y a
humo de cigarro.
César trabajó en una fábrica de zapatos, donde
las máquinas eran viejas pero precisas. Un día,
un compañero le mostró un mapa antiguo que
señalaba el lugar donde el río había sido
enterrado. "Aquí está", dijo, "
debajo del
mercado central". César no lo creyó, pero al mes,
un oficial del ejército lo detuvo en la calle y
le dijo: "No pregunte por el río. No hable de
él".
En 1980, hubo un golpe de estado. El ejército
tomó el poder, y la ciudad se llenó de uniformes
y silencio. César se fue al sur, a un pueblo
donde el río aún existía, aunque no se veía.
Allí, aprendió a escuchar su voz en el viento.
Regresó a Lima en 1985, buscando a su hermana,
quien había desaparecido durante la represión.
Encontró su casa vacía, pero en el sótano,
encontró un frasco de agua de río, sellado con
cera roja.
La ley decía que nadie podía hablar del río.
Pero César lo hizo. En una protesta, gritó: "El
río sigue vivo". Fue arrestado. En la cárcel, un
preso político le contó que el río no se había
secado, sino que había sido trasladado a otro
lugar, oculto por el gobierno para evitar que
los indígenas lo reclamaran. César no sabía si
era verdad, pero ya no importaba. Lo que
importaba era que el río seguía siendo un
secreto, y él era el único que lo conocía.
Al salir de la cárcel, la ciudad había cambiado
otra vez. Los edificios seguían altos, pero
ahora había carteles que pedían justicia y
memoria. César no habló más del río. Solo caminó
hacia el mercado central, donde el agua empezó a
brotar bajo sus pies. No la vio, pero la sintió.
Y en ese momento, entendió que el río nunca se
había ido. Solo esperaba que alguien lo
recordara.


